Uno de los grandes papeles del desaparecido actor Robbin Williams fue la remasterización del personaje de Peter Pan, bajo la dirección de Spielberg, convertido en un yupi alienado en la causa de las multiplicaciones bursátiles que se ve obligado a volver al País de Nunca Jamás para rescatar a sus hijos, secuestrados por el capitán Garfio, que aprovecha la desatención familiar de quien fuera el misterioso y hábil protagonista de la historia de James M. Barrie. En un alegato sobre la pérdida de la inocencia en la vida adulta, Peter Pan debía reconectar con el liderazgo moral de aquel mundo de fantasía para acceder a la liberación de sus pequeños. Reclutado por la que fue su vieja guardia de los Niños Perdidos, ha de ganarse de nuevo la confianza de aquellos huérfanos para emprender la aventura del rescate, ahora sometidos a la disciplina de Rufio, otro joven pirata que recela de la repentina aparición de Pan. En un emotivo momento del film, Peter y Rufio se encaran y tratan de desacreditarse mutuamente, provocando la confusión del resto de niños, que se van posicionando junto a uno u otro conforme la animadversión va subiendo de tono. Cansados de la discusión, los chicos detienen su vaivén y uno de los más pequeños reconoce en las facciones del rostro envejecido del personaje que encarna Williams al héroe desvanecido.
De nuevo el próximo domingo afrontamos una cita electoral en la que muchos andamos huérfanos ante la ciega arquitectura romántica que exhiben los partidos en campaña. A la izquierda del PSOE, Rufio y Peter Pan siguen trazando una línea en medio de torpes disputas personalistas que tienen al electorado cansado de trivializar el voto en retóricas cuya división penaliza de manera definitiva para los destinos de nuestra tierra en el reparto de escaños. Viví una juventud que en los noventa exigía a Felipe González en las calles que el 0,7 por ciento del PIB se dedicase a la cooperación internacional. Treinta años después, el electorado que tiene la edad que yo tenía entonces considera plausible en el debate público la violencia contra quienes más cuidado debieran poner las tribus, como síntoma último de la precariedad civil que han acabado heredando de nuestra insaciable voracidad consumista, con las pobres artimañas de supervivencia que les permitan no quedar fuera de lo poco que queda por repartir.
No cabe la parálisis en momentos en que asistimos avergonzados al descaro con que algunos líderes políticos se pronuncian y torpedean la responsabilidad de los gobiernos en esa vocación de servicio a la que deben su gobernanza, enredándose en polémicas estériles cuando más se espera de su gestión ante crisis tan graves como las que nuestro país ha tenido que abordar en una difícil coyuntura institucional. Ni cualquier forma de narcisismo ideológico, mientras el argumentario del mal extrema su ética nihilista: culpabilizando al que accidentalmente enferma en un barco, en una residencia o recibe tardíamente su diagnóstico en una sala de mamografías para justificar su abandono; o rebosa de champán la copa de ciertos corruptores, como si el oficio de trincar disfrazase de héroes a según qué siglas resultasen corrompiendo; o trata de quebrantar la diversidad de nuestra convivencia pacífica, con esa prioridad nacional que sabotea los preceptos sociales de la Constitución del 78 y sintoniza con los delirios de Trump o Netanyahu, cuyas FDI, por cierto, se entretienen ahora en profanar los fundamentos de la piedad humana del cristianismo mientras ejecutan la progresiva ocupación del Líbano.
Como aquellos Niños Perdidos, no podemos reducir nuestro compromiso democrático a escoger entre Panes o Rufius, sino militar activamente, desde la soledad de lo insobornable, en la reconstrucción de un pensamiento profunda y activamente empeñado en erradicar de nuestras comunidades el peor de los sentimientos, que es, como decía Federico, “el de tener la esperanza muerta” en un porvenir del que, como no espabilemos, más tarde o más temprano acabaremos siendo todos okupas.