Esto de vivir tantísimo

    18 sep 2023 / 09:06 H.
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    De pronto me canso de tanto vivir. ¿Deprimida yo? ¡Ni hablar! La vida me parece bellísima; (una pasada, como dicen ahora), y está a bosar de ofertas para cualquier edad, incluida la de descuento. Y me quedan mil libros sin leer, y mil calles por caminar, aunque sea con el bonobús gratuito de mayores; y, por si se retrasa el autobús, tengo en el perchero de la entrada un bastón con pomo de plata repujada, en lugar de aquella garrocha de diez reales, que era lo más que podía gastarme en galguerías a los veinte años; y dos nuevas recetas de Arguiñano con las que agasajarme delante de mi plato solitario... Lo que pasa es que, sin público en la sala, se me hace algo cansino esto de seguir representando la tragicomedia de vivir.

    Todavía recuerdo aquel regocijo solitario de mi infancia en la calle Méndez Núñez, 7 de Jódar, donde, como en cualquier casa que se preciara, había un pozo en el patio trasero. Me gustaba a mi doblar la cintura sobre su brocal y, con la cabeza colgando por dentro, lo que me obligaba a alzar los pies del suelo, aguardaba la largueza con la que el eco del pozo me devolvía duplicado el nombre del chiquillo que yo le gritaba a lo más hondo. Sé que, a pesar del imperio del agua corriente de ahora, todavía podría buscar un pozo, —alguno habrá— y abocarme sobre su brocal, y gritar el nombre residual que aún me gorgotea en la garganta. Lo que pasa es que procuro evitarme disgustos. Lo digo porque eso que refiero lo intenté la última vez que se cruzó un pozo en mi camino, y el eco me chasqueó con aquel “no busques ya aquí, donde no hay; el nombre que suspiras ya no está por aquí abajo. Voló a muy arriba hace ya algún tiempo”.

    ¡Y yo sin darme cuenta de que me estaban moviendo las baldosas debajo de los pies! Bueno, las baldosas, o lo que sea. Porque ¿cómo podría explicar lo que es estar hasta la coronilla del jueguecito del tiempo y, al mismo tiempo, saber que este tiempo se acaba sin acabar de acabarse, sin darnos tiempo a desaprovechar otro poco más del inasible tiempo que pueda quedarnos? Lo dicho: no voy a perder más tiempo en explicarme para el público, aunque sí que quisiera darme a mí misma las explicaciones que yo precise.

    Ahora que he llegado a donde estoy tengo la misma sensación que tiene alguien que está de pie durante horas haciendo cola delante de una ventanilla y, cuando llega su turno, cierran la ventanilla porque el ventanillero tiene que irse a comer. Eso fue lo que sucedió hace ya tantos años que hasta iba yo de copiloto en lugar de tener que empuñar el timón por falta de enrolamiento. Volvíamos −—qué extraño se me hace utilizar el plural—− de pasar unos días de exotismo en Marruecos, ese país donde todavía quedan chiquillos jugando en las calles sin asfaltar, hombres avizores sentados en los cafés y mujeres laboriosas acarreando agua. Y muchos pozos a los que asomarse. Era Ramadán y, cuando nos tocaba el turno de control de pasaportes, se escucharon las voces de mil minaretes, y el zurupeto bajó la ventanilla: “es la hora que romper el ayuno” —y sacó un tazón de harira cuyo aroma traspasaba las barreras del cristal ventanillero y fronterizo—.

    Me telefonean desde un pueblo. Que si quiero ser pregonera de las fiestas. Digo que sí sin pensármelo dos veces; será la ocasión para hablar de todos los recuerdos atrojados. En cuanto cuelgo el teléfono me hago consciente de que ya no queda nadie que pueda acudir a la Plaza a emocionarse con la vuelta a aquel pasado. Los pocos que quedan están en la Residencia y los acuestan mucho antes de que comiencen los cohetes. Y a los que acudan a la Plaza poco les va a interesar lo que pueda decir alguien que añora las albercas con sus insalubridades de ovas, echa en falta el mosquerío que percudía nuestros pueblos cuando las caballerías se desesperaban sacudiendo las colas para espantarse los tábanos, y el agua se buscaba en los pilares o se sacaba de los pozos, con los veneros todavía plenos de abundancias. Lo dicho: esto de vivir tanto, sin saber hasta cuándo, es muy cansino.

    Sí, al cruzar Despeñaperros, lo hago con mucha frecuencia, percibo otro aliento. El paisaje nos recibe deagilidad de don Pío, un maestro represaliado que cumplía años.


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