Tiempo ha que las Cortes dejaron de ser lugar destinado para aprobar leyes, ofrecer propuestas y buscar soluciones a los problemas de la sociedad. Ahora son batallas a mar abierto entre dos bergantines llenos de una jauría humana sedienta de venganza y dispuesta a darse cera hasta que el tiempo fijado termine y se citen para el siguiente capítulo. Y como el espectáculo nos lo televisan, en las mesas de tertulia los partidarios de los contendientes continúan con el tirachinas montado mientras millones de españoles se disponen al almuerzo en tan grata compañía. No muy lejos, los jueces condenan corruptos o perdonan arrepentidos a los que ni siquiera se les exige devolver el botín. Alguno, vaya usted a saber su estrategia, deja caer que la poli puede ayudar a que la primera dama se ausente sin ánimo de retorno. Y como el serial lleva camino de superar a La Promesa, no sabremos el final hasta que el director deje de cobijarse en su garita y provoque, urnas mediante, si su silla cambia de inquilino o que su tropa pierda por haber gastado toda su munición. Y nuevos Koldos, Ábalos, Leires, Montoros, Bárcenas, novios de presidentas y Zapateros ocuparán la escena y España seguirá viva por mucho que se empeñe en autodestruirse.