Dos cosas me han llamado hoy la atención. Primera: cuando acudes a una clínica dental para solucionar un problema que no cubre la sanidad pública y el facultativo o la facultativa de turno te receta un antibiótico o cualquier otro medicamento para evitar que el problema termine requiriendo la intervención urgente de la sanidad pública, dicha receta carece de bonificación y, en la farmacia, te descubres en el brete de tener que pagar íntegramente el medicamento. Segunda cosa: mientras recorro la hermosa meseta, leo en los paneles informativos que la DGT tiene instalados en las autovías y en las autopistas que arrojar la colilla de un cigarro conlleva la pérdida de seis puntos del carnet.
Venga, pasemos muy rápido por este estúpido embrollo: ninguna de las dos cosas contiene un atisbo de lógica. La primera demuestra que si eres pobre te puedes descubrir, en un abrir y cerrar de ojos, sin útiles para morder, sin dientes; la segunda constata que a los legisladores les importan muy poco nuestros bosques. Lo sé, nada nuevo bajo el sol: lo mismo ocurre cada día con la oftalmóloga, con el fisioterapeuta, con la logopeda, con las interminables listas de espera que nos empujan inexorablemente a las consultas privadas. O se tiene dinero o se envejece peor y antes. No queda otra. Y lo mismo sucede con nuestros bosques: nuestros políticos discuten, se echan las culpas a la cara, pero ninguno termina nunca en la cárcel. Nunca, jamás, jamás de los jamases. “Son solo árboles” se les escucha decir entre dientes, “meros árboles”.
Pero disculpen, con la que está cayendo, lo que yo venía a subrayar es la sorpresa, la capacidad de sorpresa, que pasen los años y todavía hallemos motivos por los que arquear las cejas. Olvídense por un momento de los telediarios, del azul y del rojo, de Sánchez y de Ayuso, de Puente y de Feijóo. Y céntrense únicamente en la suerte que supone a veces la ignorancia, no saber —por ejemplo— que la acción de abrir la ventanilla de un coche y tirar un cigarrillo, tal y como pensábamos, no lleva aparejada la pérdida de un millón de puntos y de la libertad —una pena de decenas de años—, hasta que un bosque entero se regenere y nos dé su sombra. O la ignominia de tener que pagar por un flemón lo que nos da prácticamente gratis el médico de cabecera por rebajar las placas de una garganta apenas enrojecida.
Pero disculpen otra vez. Bajemos el balón al suelo y vayamos a lo doméstico, a lo importante, al gobierno que emerge de apartar las sábanas un lunes por la mañana, tras el riguroso, necesario y urgente pis. Supongamos que lo hacemos a la misma hora que nuestra pareja. Y supongamos que el primero que llega a la cocina se dispone, sin ningún mal gesto, a hacer el café. Dejen el móvil. Por favor, pregúntense qué notificación a esas horas puede encerrar más premura que esa mujer en bragas o que ese hombre en calzoncillos. Las bragas y los calzoncillos que, apenas unos años antes, añorábamos romper para follar. Por otra parte, ¿quién o quiénes nos convencieron de que hacer el amor pesa más que follar? ¿Cuándo pasó eso? Ustedes circulaban por la derecha para no colisionar contra los que venían por la izquierda. Olvídense —les insisto— de Sánchez y de Ayuso, de Puente y de Feijóo. Este artículo no va de eso: céntrense en la diferencia entre follar y hacer el amor, en el instinto básico de morir por unas nalgas que, sean como sean, antes no tenían parangón y en el momento en el que alguien, un mal bicho que suele convivir en nuestros adentros, nos convenció de que el amor se hace lo mismo que se hace una paella, lo mismo que se hace una cama, lo mismo que se hace un coche eléctrico, lo mismo que se hace un coche híbrido. Un culo, frente a un coche; un culo, frente a una paella; un culo, frente a una cama que todavía no hace falta porque follar todavía es un ejercicio mágico, que no requiere ningún lugar ni ninguna circunstancia mientras lo protagonice ese culo, ese magnífico y único culo. Mírenlo, por favor, lo tienen ahí delante. Mientras bostezan, mientras sale el café. No pierdan el tiempo. Fóllenlo.