El auditorio se encontraba oscuro, la luz dormida recostada en la estancia parecía no querer despertar. El silencio permanecía callado, igual que una inmensa nube negra se hubiera desplomado y hubiese caído lentamente posándose en aquel lugar. Cuando entré mis pupilas comenzaron a acomodarse a la tiniebla que allí se notaba, sólo la claridad de la puerta con su haz de luminosidad dejaba percibir el lugar donde mis pasos me habían llevado aquella mañana de agosto. Una vez dentro mi vista buscaba lo que aquella sala contenía, fue entonces cuando unas notas despertaron y un instrumento ejecutaba una melodía, sonaba suave y lento, con una voz acompasada y dulce, que sin gritar quisiera llamar mi atención. Me sorprendí en aquel momento, e intentaba descubrir en el escenario quién producía aquel sonido tan agradable. Subí los peldaños para encontrar de dónde provenían aquellas notas. Encontré alineados cuatro contrabajos que me miraron sin decirme nada, sus cuerdas no se inmutaron, sus casi dos metros de altura sorprendían en aquella penumbra; apoyados sobre sus picas, permanecían callados. Seguí ascendiendo, mientras el sonido no dejaba de reproducir aquella composición. La tuba me miraba silente, queriendo decirme algo, pero su voz grave callaba como los demás. Los instrumentos de percusión también aguardaban silenciosos no queriendo romper la voz que despertaba suavemente. La trompa en sus destellos producidos por el haz de luz de la puerta brillaba y su cuerpo estático no me decía nada. Después vi cómo los clarinetes se agrupaban y mirándose entre ellos cesaban sus voces y se mostraban sosegados. Así mismo, hacía el arpa que dejaba sin vibración sus cuarenta y siete cuerdas y permanecía en una quietud inquietante. Las trompetas escondían sus sones guardando en la penumbra sus voces fuertes brillantes y directas. Y más allá el esbelto oboe con sus compases dulces apagados; a su lado el fagot callando en su altura cualquier son grave y cálido que pudiera escaparse. Yo ya no sabía de dónde procedían las tiernas notas que derrochaban paz. Cuando una luz iluminó su rostro, entonces exclamé ¡es el violín que sueña!