En la cotidianeidad todo tiene otro significado, sobre todo en el sufrimiento. Lo escrito es una cosa, la realidad otra. Una amiga me narraba que ha sufrido el exceso de celo de una empresa al poner una reclamación. El corporativismo ha cerrado filas, así, y por más que ha bregado, se ha quedado igual que estaba. Compuesta y sin novio, como dicen de forma coloquial. De la otra parte, con el poder que les ha sido otorgado como funcionarios, estos han emitido una carta a mi amiga, pasándose toda la reclamación por el Arco del Triunfo, eso sí, con mucha verborrea y tecnicismos. Que bien se podría resumir en: Te aguantas y ya está. Es lo que hay. En verdad, cuando la empatía hace acto de presencia es tremendo tener que lidiar con los cuernos de la impotencia, toreando a pecho descubierto con plena conciencia. ¿Y ahora, qué hago?, me dijo mi amiga. No supe qué decirle más allá de que busque asesoramiento dependiendo del dinero que se pueda gastar en legalidades. Y así nos va. ¿Dónde están esos derechos que nos amparan supuestamente? Porque si quienes tienen potestad para ejercer la equidad y no lo hacen, nos dejan desprovistos de toda dignidad. Una pregunta: ¿Cuál es el siguiente movimiento?