Ergonomía y diseño

21 ago 2019 / 11:14 H.

Hace un tiempo se promocionaba los productos resaltando, además de las bondades propias, sus cualidades ergonómicas. Se notaba que, independientemente de que se hubiera logrado del todo, había habido en su diseño un estudio e interés en que el producto se ajustara al uso humano en la comodidad y el mejor desempeño de su función. Hoy en día, esto parece olvidado. Se ha llegado a un punto en el que se ha estancado el logro ergonómico como motor del cambio, y el marketing ha impuesto otros derroteros, porque aquí lo que importa es vender. Así, muchos de los productos ofertados en el mercado no son ni aproximadamente ergonómicos. La ergonomía se ha arrinconado en favor de una estética cuestionable y de la mercadotecnia, buscando en el cambio un aumento de la demanda. Los diseñadores se han olvidado de los usuarios y hasta de la eficiencia y de la lógica en lo que debe ser la función propia del enser diseñado. Lo vemos en la ropa —pantalones ajustados, incómodos—, el calzado y hasta en los enseres del hogar. Pongamos un ejemplo común: un vaso. Lograda su transparencia, un tamaño adecuado, un contorno poliédrico para un mejor agarre sin llegar al borde, redondo y proporcionado a la boca, y liso por dentro para una mayor comodidad de fregado y que no anide la suciedad. Ergonómicamente correcto. ¿Y ahora qué? ¿Cómo se vende el mismo vaso de siempre? Y así, olvidándose de la ergonomía, van apareciendo vasos: unos, descomunales, que hay que hacer esfuerzos para sujetarlos y para que no se derrame el contenido al llevarlo a boca; otros, con las estrías por dentro dificultando el agarre y la posterior limpieza; otros, ¡casi cuadrados! Un sinfín de despropósitos y ni siquiera más bonitos, sino distintos, llamativos, para que el consumidor tenga que cambiar ajustándose a corrientes o modas. Y los usuarios, poco críticos —tenemos que reconocerlo—somos los que tenemos que hacer el esfuerzo para adaptarnos al producto; eso sí, con un especial deleite por tener unos vasos tan singulares. A veces, no hacen falta grandes equipos de diseño, sino tan solo un poco de sentido común para que el producto sea apropiado a un uso lo más fácil y práctico posible. Y si no, ahí estamos los compradores para rechazarlo.