Powered by
HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

Érase una vez

Me estoy arreglando una falda de mi tía Tere, que se murió esta pasada Navidad sin poder estrenarla. Es de color azul noche y con multitud de pliegues, similar a las que visten las niñas que estudian en algunos colegios concertados. Recuerdo muy bien cómo les quedaban esas faldas a las niñas de esos colegios que a mí me gustaban, aunque no recuerde a las mujeres que hoy son esas niñas y ni siquiera alguno de sus nombres se me venga a la punta de la lengua. La Presentación y Las Esclavas eran y son los colegios de esa clase que había y hay en Linares y, a pesar de las tres o cuatro decenas de años transcurridos desde entonces, ambos siguen manteniendo el mismo uniforme. Lo que da para pensar que algunas cosas no cambian y que la corbata que llevaba puesta Ronald Reagan el día que lo tirotearon en Washington podría ser, perfectamente, la corbata que hoy se anuda en el cuello Donald Trump.

También recuerdo la motivación del exministro de Industria Miguel Sebastián para dejar de usar corbata. Le afearon que acudiera sin ella al Congreso de los Diputados y esgrimió el cambio climático y la estupidez que suponía —y supone— gastar más energía en los sistemas de refrigeración para que sus señorías puedan persistir en su habitual indumentaria sin que les sude el cuello en verano. Visto lo visto, no ha calado mucho esa idea y, por tanto, supongo que esa factura que paga y esconde algunos privilegios continúa creciendo y, por ende, también la brecha entre los que se ganan la vida dentro de la política y los que nos la ganamos por fuera. Aunque todo sea producto de la política y aunque los largos y cálidos abrazos que nos damos para atenuar las frías noches de invierno no parezcan provenir de ella.

Hablamos poco de los abrazos. Mucho menos que del exministro Miguel Sebastián o que de cualquier otro ministro o ministra o parlamentario o parlamentaria del pasado y del presente. Y eso que cuesta encontrar algo más hermoso en el mundo que un abrazo, que un abrazo de verdad. “Érase una vez un abrazo”: alguien debería escribir el cuento de un abrazo que todavía dure, que no se haya visto sometido al incesante acoso del paso del tiempo que todo lo destruye. Un abrazo que haya sido capaz de traspasar fronteras, de echarlas abajo y de enlazar, de esa manera, a un Neanderthal y a un Homo sapiens: dos hijos de un mismo fuego y los próximos padres del caldo que seguirá calentando ese fuego.

En la falda de mi tía Tere veo yo un abrazo y la razón o motivación principal para arreglármela y estrenarla antes de que cualquier Navidad me lleve por delante. Mi tía Tere, que era tan dada a dar abrazos y besos y que se murió poco antes de que el médico le abriera la veda de los mantecados y turrones que tantísimo le gustaban. Poco antes de Nochebuena, la noche en la que tenía planeado estrenar la falda de color azul noche y de multitud de pliegues, la falda que me trae a la memoria a las niñas que las vestían en La Presentación y en Las Esclavas, a las niñas que hoy son mujeres cuyos nombres ni siquiera recuerdo.

Érase una vez un abrazo que se subió a horcajadas sobre los hombros de un gigante que con una sola zancada consiguió vadear los cientos de miles de años y de kilómetros que separan tu boca de mi boca. Tu boca que se ríe de imaginarme con falda y que por eso me pide que me la arregle y que me la ponga. Y mi boca, a la que tantísimo le gusta tu risa, tantísimo como a mi tía Tere los mantecados y los turrones que, por una vez que dura para siempre, se quedó sin catar. Un gigante que, inmediatamente después de obrar ese milagro, se encaminó hasta una llanura desde la que se ve el manzano en el que tu cuerpo desnudo me dio a probar el pecado, la única razón que sobrevive tras cada naufragio, amor. Y el único motivo por el que jamás de los jamases se ha de cortar una flor que, conforme más se va secando por el incesante paso del tiempo, más semillas propone para construir con ellas nuestro futuro.