Aristóteles así lo entendía: entre los extremos se halla la virtud, en el término medio, vamos. ¡Ah, tiempos! Ahora la virtud, cualquiera que sea ésta, no parece hallarse en el centro, sino en los extremos. Las elecciones andaluzas así lo han demostrado. Los partidos centrales, PP y PSOE, han perdido fuerza, mientras Vox, por un lado, y Adelante Andalucía, por otro, han mejorado en votos y escaños. La racionalidad equilibrada aristotélica ha dado paso a la emocionalidad y al nacionalismo desde ópticas opuestas. Quizá porque el viejo centro ya no moviliza ilusiones sino gestión y miedo al cambio. Las sociedades cansadas, golpeadas por la precariedad y la incertidumbre, buscan identidades fuertes y enemigos claros. La moderación suena tibia y burocrática; los extremos ofrecen emoción y combate. Tal vez la virtud siga en el medio, pero casi nadie quiere habitarlo. El centro exige paciencia, matices y reflexión, justamente lo que peor encaja en una época acelerada y crispada, donde la política se ha convertido en espectáculo permanente y la indignación vale más que los argumentos. Ya no se debate: se aplaude o se odia. Y así resulta difícil encontrar equilibrio alguno entre bandos ya.