Cada verano miles de españoles cometen el mismo error. Atascos hacia Levante, playas saturadas y una lucha tribal por conquistar los últimos dos metros cuadrados de arena libre. Mientras tanto, existe un paraíso desconocido, ignorado por las agencias de viaje, despreciado por los influencers y ocultado deliberadamente por quienes ya conocen sus bondades: la Costa de las Moscas de Jaén. Es cierto que algunos escépticos señalan que Jaén no tiene mar. Pero precisamente ahí reside su ventaja competitiva. ¿Quién quiere sufrir la tiranía de las mareas, las medusas o el precio de la primera línea de playa cuando puede disfrutar de kilómetros y kilómetros de horizonte de olivar y varios kilómetros de costa de interior? Durante muchos años mis amigos bromeaban conmigo cuando les decía que yo veraneaba en la costa de las moscas con 40 grados a la sombra. Una identidad que nos acompaña para siempre a quienes hemos socializado con una tierra profundamente calurosa y seca, con el encanto del sonido de las chicharras, las siestas con cojín al suelo buscando el frescor del granito, el fresco en la puerta de las casas a partir de las 9 de la noche y los gazpachos y bebidas frescas mientras observábamos unos cielos estrellados maravillosos, alejados de todo atisbo de contaminación. El nombre de Costa de las Moscas no nació por casualidad. Mientras otros destinos presumen de gaviotas agresivas que roban bocadillos, aquí contamos con un ecosistema mucho más cercano y participativo. Las moscas locales desarrollan con el visitante una relación casi familiar. Le ayudan a mantenerse despierto durante la siesta. Y contribuyen a mejorar sus reflejos mediante ejercicios continuos de coordinación mano-ojo. En destinos como Marbella o Benidorm resulta casi imposible encontrar tranquilidad. En la Costa de las Moscas sucede exactamente lo contrario. Podemos recorrer kilómetros sin encontrarse un crucero, un megayate ni un restaurante que le cobre veinte euros por una ensalada. Algunos críticos sostienen que en una costa sin mar puede haber ciertas limitaciones gastronómicas. La Costa de las Moscas ofrece uno de los mayores lujos culinarios del mundo: aove en cantidades que rozan lo irresponsable y más Estrellas Michelín que la mayoría de nuestras costas. Uno de los aspectos más exclusivos de nuestra costa interior son sus puestas de sol. No hay edificios de veinte plantas. Solo colinas, olivos, silencio y un cielo que poco a poco cambia de color. La única banda sonora es el canto de algún pájaro y el zumbido ocasional de los verdaderos propietarios del territorio: las moscas. La Costa de las Moscas es probablemente el lugar más ecológico de Europa. No hay contaminación lumínica. No hay urbanizaciones kilométricas. No hay peleas por hamacas. Es difícil imaginar una forma más sostenible de disfrutar del verano. Cuando dentro de veinte años los sociólogos estudien el colapso emocional provocado por la saturación turística del Mediterráneo, descubrirán que la solución estaba en Jaén. En ese rincón maravilloso donde uno puede regresar del verano sin arena en los zapatos, sin quemaduras de medusa y con la sospecha de haber descubierto un secreto que es mejor no contar demasiado. Porque, si todo el mundo empieza a venir a la Costa de las Moscas, dejará de ser el paraíso tranquilo que siempre ha sido. Y entonces tendremos que inventarnos otra costa. Quizá la Costa del Mosquito. O la Riviera del Olivar. Pero esa ya será otra historia.