Cada noche, ella compartía una canción en su estado de wasap sin saber que, al otro lado del teléfono móvil, alguien la iba añadiendo a una playlist musical. Cada noche, alguien, a unos cincuenta kilómetros de distancia, esperaba otra composición más para seguir disfrutando de cada uno de los títulos que ella volvía a compartir. A esa lista le dio nombre y la llamó “Mi profe de Literatura”, recordando así a aquella gran mujer que, en el instituto, le enseñó a amar las letras, a mimarlas, a descubrir la vida a través de los escritores y de la música. Y lo mejor de todo es que ella sigue ahí, detrás de cada línea, alentándome siempre, sin saberlo. Ha comenzado un nuevo curso académico: incertidumbres, temores y una ingente carga burocrática. El griterío y el alboroto vuelven a acompañarnos por los pasillos. Mientras me dirijo a clase, pienso en aquellos docentes que nos enseñaron el camino, nos acompañaron y nos siguen inspirando como si de influencers actuales se tratara: repetimos sus modos, su trato, sin darnos cuenta. Hoy, mi abrazo es para todos ellos. Son ya casi siete horas de playlist y ella, hasta hoy, no lo ha sabido. ¡Por muchas canciones más, en algún lugar en el tiempo!