Pregunto: ¿qué sería de nuestras vidas si de repente desapareciese la app de WhatsApp? La pregunta no es un disparate. Está enfocada en que nos hemos acostumbrado a dejar un rastro digital imborrable en una aplicación que al parecer nos es imprescindible. Claro, eso sí, es gratis. O eso dicen... Ya no hablo de ir a Correos, comprar un sobre, franquearlo y llenarlo de contenido antes de cerrarlo y echarlo en un buzón amarillo, (que para la gran mayoría es un esfuerzo infrahumano además de una pérdida de tiempo, y un coste cercano a los dos euros), sino que de las muchas plataformas de correo electrónico que existen para enviar y recibir emails, algunas personas se niegan a utilizarlos, por no sé qué razón. ¿Podríamos decir el WhatsApp es..., más rápido, más chulo? En mi opinión, es porque nos hemos dejado comer la tostada por un pecado capital como es la pereza. Sí, ese séptimo pecado que Santo Tomás de Aquino nos recriminaría llamándolo acedia, como padre de otros pecados. Pero hay algo que se me escapa. Resulta que hay personas que a pesar de la clara indicación de que envíen los archivos por emails lo hacen por WhatsApp. ¿Cuál es el misterio si los emails también se envían a “coste cero”? Misterio.