Me gusta la idea de esa suerte de Dios trifásico que propone el cristianismo. Como esa flor de la que se alimenta la abeja que nos da la miel, una cosa así. O como el trenzado milagroso entre lo que alcanza la orilla y lo que se hunde hasta el fondo y da de sí un viaje que incluso se abre a ser de ida y vuelta; o entre esas manos que, a priori, solo se toman para cruzar una calle y terminan en el fin del mundo, cruzando otra calle. La idea de un Dios que actúa como un fogonero que otea el horizonte, que silba fuerte cuando ve humo y que no duda en descender la montaña y en sumarse a la patrulla que acude a apagar el fuego. Un Dios participativo, humano, que ayuda a hacer cadena. Me gusta, lo prefiero frente al estricto y escuálido monoteísmo que plantean musulmanes y judíos. En lo que a imagen se refiere. No hablo de fe, no puedo, no soy creyente. La flor y la abeja, frente al frío bote de miel en el estante del supermercado; las manos que se auspician y sudan juntas, frente a la mano única que dicta y señala. Un Dios que no siempre sabe cuál es la mejor opción, que duda y pregunta. Me gusta, la prefiero frente a esa otra divinidad que trabaja en bloque, como un maldito martillo pilón.
Cierto: hago trampa, atribuyéndole —de serie— una bondad inacabable y sempiterna al Dios trinitario cristiano y, tal vez, sean tres que no permiten que nadie más se acerque a la flor. Y sembrando incertidumbre alrededor de los otros dos dioses por el mero hecho de sustentar —y manejar— su reino sin admitir ninguna clase de particiones. No estoy siendo justo (lo que se espera de un Dios) y, en cambio, probablemente sí esté dando la impresión de que el juicio sumarísimo al que los someto se nutre de un agnosticismo que, paradójicamente, me facilita una extraordinaria visión de pájaro, la propiedad de situarme por encima de ellos, como un Súper Dios. Acepten mis sinceras disculpas. A veces, tiro de una madeja de hilo sin conciencia alguna de qué deseo hacer con ella y acabo así: atontado y obligado a rebobinar.
Sin embargo, hay algo en esa necesidad de dividir —o de multiplicar— lo divino que me resulta profundamente humano. Quizá no tenga que ver con Dios en absoluto, sino con nuestra incapacidad para soportar la idea de una única voz, sin matices ni contrapuntos. Nos tranquiliza pensar que incluso en lo eterno hay diálogo, que en la cumbre también se discute, que existe una suerte de deliberación íntima que se parece a nuestras propias dudas cotidianas. Y tal vez por eso me seduce la Trinidad: no por lo que afirma, sino por lo que sugiere. Porque en esa estructura tripartita cabe la contradicción, o al menos su apariencia. Cabe el padre que ordena, el hijo que encarna y padece, y el espíritu que se escapa. Y en ese juego, casi teatral, encuentro un reflejo más amable de lo que somos: seres que rara vez coinciden consigo mismos, que se desdoblan, que se discuten por dentro. Frente a eso, la idea de un Dios compacto, indivisible, perfectamente coherente, se me hace menos habitable. Demasiado perfecta para ser cercana.
Pero sospecho que, de nuevo, estoy proyectando. Que no hay teología aquí, sino literatura. Y que, en el fondo, no hablo de Dios, sino de cómo me gustaría que fuese cualquier forma de autoridad: permeable, capaz de rectificar, incluso vulnerable. Un Dios que no aplasta, que no cae como un veredicto y que se construye —o se reconstruye— en relación con lo que ocurre. Y quizá por eso regreso a la imagen inicial, a la flor y la abeja. No porque sea más verdadera, sino porque es más fértil. Permite movimiento, intercambio, dependencia mutua. Frente al tarro de miel cerrado, etiquetado y listo para el consumo, me quedo con lo primero.
Y en ese punto, supongo, se acaba mi excursión, sin alcanzar ningún sitio: solo rodeando una idea, estirándola y poniéndola en duda. Tal vez eso sea, al final, lo único que puedo hacer: no definir a Dios, sino ensayar metáforas que me permitan, al menos durante un rato, convivir con su ausencia.