Estamos en esos días en que agosto huele a septiembre y el tiempo se impregna de aquel estío disfrazado de una niñez que se nos fue entre las manos. Así me ocurre a la vuelta de ese viaje anual que ritualmente hago por una tierra y parajes que inspiraron a Juan Ramón para escribir el poético retrato de su pueblo, Moguer, y su eterno burrito, Platero. Contaba el poeta que los restos de su amado animal de plata yacen a la sombra de un legendario árbol tristemente desaparecido. El pino fue abatido por un vendaval el pasado año y un trozo de su tronco ha llegado a nuestro Jaén por obra de mi buen amigo Manuel Mora, gerente de un complejo rural contiguo a la famosa y olvidada finca de Fuentepiña, lugar de recreo de la familia Jiménez que inspiró la creación de una obra inmortal. Andando por esos campos la soledad me ha susurrado los versos del andaluz universal y un hombre extraño me aseguró que el alma de Platero sigue intacta bajo la sombra de ese pino de sueños que entrelazó en un tronco el espíritu del poeta y su amada. Quién sabe si ese bohemio tal vez fuera el loco que veía el mundo desde la colina de la habitación catorce del hotel.