Esta camada de gatos tampoco vivirá siempre en el cortijo. Cuando los hijos de Felisa terminen de recoger y cierren a cal y canto la casa, pensarán que es cosa de tres o cuatro días, como las últimas navidades. Y cuando pasen esos tres o cuatro días, tal vez recuerden la rotura de cadera que la mantuvo lejos casi dos meses y eso les ayude a aguantar todo ese tiempo: dos meses. Después, comenzarán a escuchar el tintineo de la cuchara contra el plato en todas partes y, cuando se harten de ese fantasma que nunca se deja ver y que, sobre todo, nunca les deja comida de verdad en su plato, emprenderán la búsqueda de otro cortijo. Y ahí es cuando les vendrá lo peor, porque ya no quedan cortijos con gente viviendo. Y entonces acabarán como nosotros: hacinados y famélicos en el extrarradio de cualquier ciudad y con la obligación de pelear con otros gatos.
A diferencia de lo que suele ocurrir en esas urbanizaciones aledañas a la costa, donde en invierno todas las luces permanecen apagadas y abundan las pegatinas de empresas de seguridad, en las casas cerradas de la sierra apenas se ven. Supongo que a los ladrones no les sale a cuenta trasladarse hasta aquí a por unos televisores que no siempre son de pantalla plana, o que les da cierto apuro echar abajo unas puertas por las que se escaparía un tiempo al que ya no le quedan más veranos. Porque hazte una idea de lo que será, en este cortijo, el verano que viene, cuando nos reciba un huerto sin cultivar, un gallinero sin gallinas y una calle sin gatos y sin la alegría de Felisa al ver llegar a los suyos. Lo seguiremos llamando verano, pero será otra cosa a la que nos resistimos a cambiar el nombre.
Ha pasado otras muchas veces. De hecho, nosotros fuimos una de esas veces. Una casa se cierra, sale a la venta y, al poco, aparece alguien con la idea de abrirla algunos fines de semana. Alguien harto de pelearse a diario con otros gatos en el extrarradio de una ciudad y al que la mera ilusión de poder volver a encender una lumbre los viernes por la noche le ayuda a regresar al infierno los domingos por la tarde. Alguien que, sin demasiada conciencia sobre ello, ha encontrado al fin la paz en un sitio al que la prosperidad dio la espalda. La prosperidad que tanto deseaba Felisa para sus hijos y por la que tanto trabajó, aun a sabiendas de que conseguirla traería consigo su marcha. La prosperidad en la que ahora les cobran a sus nietos dos tercios de sus sueldos solo por dormir.
Ha pasado tantas veces que hoy la noticia es que alguien decida no presentarse el lunes a su trabajo y permanecer frente a un huerto que no sabe cultivar. Alguien que prefiere atravesar las previsibles penurias y la más que segura inquietud que provoca el desconocimiento a continuar apostando por un futuro que le obliga a orillar su presente. Probablemente, alguien que nos recordará lo que tú y yo fuimos una vez y lo que nos gustaría volver a ser, por aquello de que volver —en la mayoría de las ocasiones— se transforma en un verbo imposible y las imposibilidades casi siempre acaban en un dolor, en un fuerte dolor.
Sea como sea, ojalá le vaya muy bien. Porque de él o de ella dependerá que, cuando seamos nosotros los que nos caigamos y nos rompamos la cadera o los que nos caigamos y no nos volvamos a levantar, nuestros gatos encuentren a alguien cerca dispuesto a echarles comida de verdad en su plato y no se vean abocados a migrar al extrarradio de cualquier ciudad y a pelear con otros gatos. Alguien con la casa abierta de par en par y con varios veranos por delante, con tiempo suficiente para construir su historia sobre un futuro que le sobreviva mientras vive el presente y paladea el sabor de un tomate perfecto, insuperable. El tomate que soñaba cultivar cuando regresaba los domingos por la tarde a la prosperidad que Felisa confundió con progreso. La prosperidad en la que hoy muchas personas no pueden costearse siquiera un sitio en el que pasar la noche.