La tragedia se vuelve a vestir de tren. En esta ocasión, en las vías de Urda, dejando una huella de dolor que cuesta bastante digerir. Cuántas vidas perdidas, cuántos viajeros no han podido volver a casa. Cada persona ocupaba un asiento y llevaba un último billete hacia un destino que se truncó, porque este, a veces, se detiene de la forma más cruel. El tren de los heridos, el tren de los perdidos. Qué frágiles somos, aunque nos creamos eternos. Nadie está a salvo de estos duros golpes del destino. Y aunque el futuro sea un misterio, duele comprobar cómo se pierden vidas por fallos que se podrían haber evitado. Hoy, desde este mar de olivos, desde mi sur y desde el vuestro, se me encoge el alma ante tantas vidas truncadas sobre los raíles, recordándonos la fragilidad de nuestra existencia. ¡Tantas vidas rotas sobre las vías de nuestra memoria! Nunca sabremos cuándo nos tocará marchar ni cuándo será nuestro último adiós. Duele pensar en los sueños que se quedaron atrás. La realidad nos demuestra que un segundo basta para cambiarlo todo. Un segundo que no es nada y que lo es todo. Un segundo, un segundo. Dejemos, por ello, huellas de amor y de bondad en quienes se quedan, porque un día no estarán. Descansen en paz.