Existe una leyenda urbana según la cual los escritores llevamos una vida fascinante: presentamos libros entre aplausos, firmamos ejemplares con gesto trascendental y desayunamos con nuestro editor mientras negociamos el próximo best seller. La realidad es mucho menos glamurosa. Mi trono de hierro, por ejemplo, tiene ruedas y chirría al girar. Ser escritor del montón, una categoría sorprendentemente concurrida, consiste en convivir con una colección de extravagancias que rozan lo patológico. Uno discute con personajes, suplica a un asesino que confiese o convence a un protagonista para que no muera antes del capítulo final. Luego llega la publicación. Durante unos minutos uno se siente el rey de Poniente... hasta que un lector descubre una errata escondida en la página 135. Ese pequeño monstruo tipográfico, invisible para el autor, siempre aparece cuando el libro ya está impreso. Y, sin embargo, seguimos escribiendo. No por dinero, eso sería literatura fantástica, ni por la fama, reservada a muy pocos. Lo hacemos por ese lector desconocido que, un día cualquiera, escribe una reseña en la que dice: “Empecé tu novela y no pude dejarla hasta terminarla”. En ese instante descubres que el verdadero trono de un escritor no está hecho de hierro, sino de lectores.