Powered by
HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

El tiempo entre canciones

Cada canción tiene su espacio, su tiempo, un lugar en la memoria y una persona adherida al fotograma del instante donde fue escuchada. Hay una canción de la infancia que escuchamos en esa radio de sintonías inolvidables sobre una mesa camilla. Sonaban entonces los coros de misa y parvulario, las rancheras de Rocío Dúrcal en boca de mi madre, el beso y la flor de Nino Bravo y los himnos discotequeros de ABBA o los Bee Gees. Luego vendría la adolescencia y mi iniciación melómana con aquel querido primo que desde Madrid me traía lo mejor del momento en casetes de caligrafías inolvidables. Allí descubrí la lógica de las canciones con Supertramp, derribé el muro de Pink Floyd, anduve el camino de la vida con Dire Straits hasta llegar a ver el mágico ojo en el cielo de Alan Parsons. Se abrían los locos tiempos de juventud y carretera, de ser macarra y hortera, querer beber y no olvidar, mover las caderas cuando todo iba mal, ser piratas cojos, toreros muertos, fumar celtas cortos, descubrir el amor entre calle melancolía y la calle del olvido y bailar nuestra balada en esa esquina que aún sabe nuestros nombres desde una noche de septiembre de hace muchos años. Tal día como hoy.