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lunes, 19 agosto 2019
10:26
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URGENTE

El silencio es oro

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Resulta paradójico que la palabra forme parte de la libertad de expresión, porque ahora que aludo a hechos pasados, tengo más presente que nunca que por la boca muere el pez. Dicho en lenguaje llano y claro: por morder el anzuelo, he abierto la boca en multitud de ocasiones y he sido víctima de mi propia verborrea. Hablar más de la cuenta y a destiempo, ha sido el rasgo adicional de una persona que ha pecado de exceso de locuacidad. Tengo muy claro que la palabra como vehículo del pensamiento, promueve un mundo más razonable, siempre y cuando el que la utilice sepa cómo hacerlo. Un mal uso de la palabra, no ayuda a lavar la conciencia, ni a mejorar el mundo fantasioso y subjetivo de un individuo al que no se le tolera porque no se le entiende. Grandes personajes existieron para la historia porque crearon con la palabra un vínculo universal que ha acreditado la valía de los mismos, lo que equivale a decir que la mayoría de la gente existe porque ha utilizado la palabra para evitar aislarse del resto del mundo. Mi reconocimiento sincero a quien no necesita pedir permiso, ni perdón, y a quien no cae en la bajeza moral de utilizar la palabra para herir los sentimientos de los demás. Me alegro también por aquellos que con la debida cautela y mientras dialogan, promueven un discurso que estimula a los afortunados receptores que los escuchan. Qué desagradable sensación, en cambio, percibe el receptor cuando se emplea la palabra como instrumento antipersonas, o como herramienta arrojadiza empleada para conspirar o mentir. Para difundir el odio o para tapar lo que no conviene que se conozca. No me extraña que un buen orador se convierta en noticia destacada: Siempre se ha dicho que donde hay educación, no hay diferencias de clases y yo digo, que hablar de forma correcta y con buenas intenciones, a simple vista no merecería sino la excelencia de una glosa ejemplar. He tardado en reconocerlo pero no exagero si afirmo que me he paseado desde la más remota antigüedad, descuidando el mimo de la palabra y que de un tiempo a esta parte, desde que mi musa no ejerce como tal, se ha vuelto más patente. Aprovecho la oportunidad de este medio para hacer extensibles mis disculpas a todos los que algún día se cruzaron con el sonido de mi palabra y por motivos equis no quedaron muy complacidos. Me temo que jamás sobreviviré al efecto perverso de la palabra. Caí en la trampa y he pagado con creces la torpeza de mantener un discurso que ha afectado a personas cercanas. En mi próxima charla, ahora que sé que el silencio es oro, dedicaré mi tiempo a difundir la idea de que hablar por hablar es una invención peligrosa de infausto recuerdo para mucha gente y que el medio para evitarla sería callar o no decir nada que no sea lo puramente formal. Basta ya de demostraciones orales dañinas, invito a que pensemos las cosas dos veces antes de vender humo o aquello que no se deba nombrar, si huele a crítica personal malintencionada. Desoíd a irresponsables personajes públicos que sin razón hablan mucho y no dicen nada, y a quien con engaños y medias verdades, entiende lo que quiere y confunde deliberadamente a quienes lo escuchan. Sentido crítico y sentido común, son elementos indisolubles que sirven para optimizar la comunicación y para entendernos lo mejor posible entre nosotros. Sirven también para ayudarnos a hacer lo que queremos, para prevenir graves desaciertos y depurar, aparte del lenguaje, el efecto pernicioso de malentendidos provocados por la impresión negativa de una palabra dicha a destiempo o de manera destemplada. Desconfío de quien afirma que no hay mejor noticia que una mala noticia, de quien promueve pero no garantiza que lo que dice sea de fiar o que me valga para algo. Espero que una información transmitida con palabras adecuadas, baste para que algún día salga a la luz la verdad.

Por todo lo expuesto, por considerarme responsable de lo que digo, de mi estado emocional cuerdo y pese a cualquier declaración de inocencia por mi parte, queridos lectores, estoy convencido de que soy culpable de haber herido con la palabra.