Powered by
HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

El sendero de los tejos

Lo he visto por ahí escrito y me ha llamado la atención, así que he investigado un poco, y parece que es verdad. Resulta que tenemos aquí mismo, en la provincia de Jaén, nada más y nada menos que el árbol más antiguo de Europa. Eso de reivindicar que en tu tierra existe un record relativo a cualquier cosa, resulta de lo más tentador. Y en este contexto, hay que señalar, que Jaén, tiene el honor de ser, por ejemplo, el territorio con más kilómetros de costa interior del país. Además, la capital puede presumir de albergar uno de los asentamientos más antiguos del continente. Y no solo eso, puestos a señalar pódiums, resulta que la nuestra es una de las provincias más pobres de España, y últimamente nos hemos destacado, incluso, por tener una de las capitales con menor actividad ferroviaria de nuestro país. Pero centrándonos en el árbol en cuestión —el más antiguo de Europa—, resulta que está en “el sendero de los tejos milenarios”. Suena rotundo y parece el título de una novela de misterio, pero en realidad es un emplazamiento geográfico, que podemos encontrar en la Cañada de las Fuentes, en pleno corazón del Parque Natural de la Sierra de Cazorla muy cerca del nacimiento del Guadalquivir. No resulta un lugar accesible, y además no se suele promocionar la ubicación exacta del mismo, por motivos de preservación ecológica. Evidentemente es preferible que no se masifiquen las visitas a un espacio tan valioso. Y es que estamos ante algo más que un espécimen vegetal curioso. Confluyen, botánica e historia, cultura y ciencia, en un lugar asombroso y evocador.

Si damos rienda suelta a la imaginación, podemos elucubrar con que en su juventud, el tejo, dos milenios atrás, al ser considerado un árbol con propiedades mágicas, tal vez haya servido para albergar los rituales de viejas tribus íberas. Y posiblemente en años posteriores haya sentido la cercanía de los colonizadores romanos que trajeron consigo la extensión del urbanismo, pero que sin duda explorarían estas tierras montañosas en las que nace el gran caudal acuífero que ellos bautizaron con el nombre de río Betis. Afortunadamente, lo abrupto del terreno evitó que alguna de las vías romanas atravesara nuestro mágico sendero de los tejos. Y siglos después las pisadas de los visigodos llegados de lejanas tierras del norte habrán retumbado en las raíces del ya maduro tejo, que también puede haber sido testigo, desde su altura, de cómo musulmanes y cristianos se disputaban durante largas temporadas el territorio, y levantaban muros defensivos de piedra para consolidar sus conquistas, plagando de construcciones defensivas toda la zona —no en vano Jaén ostenta otro record importante, es la provincia con mayor número de castillos y fortalezas de Europa—. Y después, habrá sentido, tal vez, las flores del imperio, los rastrojos de la decadencia, los vientos del cambio, los incendios de la guerra civil y las sequías de nuestro convulso tiempo.

Y todo cambia, pero el viejo árbol permanece. Y de hecho, resulta curioso que en el imperio de la tierra de los olivos infinitos —quizás nuestro record más conocido sea que la provincia acoge a la más amplia extensión de olivares de todo el planeta—, se da la paradoja de que un árbol totalmente ajeno al monocultivo aceitunero, sea el gran patriarca vegetal del territorio.