El quinto mandamiento
Una vez más la historia se repite y por desgracia para todo el planeta, la especie humana que después de tantos siglos de evolución todavía no ha conseguido comprender que la vida es el bien supremo a conservar y transmitir, ha comenzado una nueva guerra, de la que sabemos cómo ha sido su inicio, pero cuyo final desconocemos, aunque es muy probable que acabe en una catástrofe que tendrá consecuencias desastrosas a nivel global.
Las circunstancias políticas, económicas y sociales que han sido determinantes para que se inicien las hostilidades quizás no puedan ser conocidas en detalle porque aquellos que han tomado la decisión de ir a la guerra también tienen poder para maquillar los hechos y presentar la situación inicial de forma que fuese inevitable recurrir a la fuerza para adelantarse a las funestas consecuencias que podrían derivarse de no actuar como han hecho. No voy a entrar en ese punto que considero de crucial importancia porque no tengo los suficientes elementos de juicio para hacerlo, pero sí es inevitable decir que la guerra tiene efectos perversos en todas las áreas sociales, económicas, psicológicas, ambientales e incluso vitales de los hombres.
Después de tantas guerras como se han sucedido a lo largo de la historia, la experiencia de las más recientes y aún activas como Gaza y Ucrania nos enseña que es de esperar que ahora se produzca en Irán una crisis humanitaria que implique desplazamientos forzosos y evacuaciones masivas, hambrunas, heridos sin posibilidad de asistencia médica y situaciones de necesidad extrema. Por otra parte, teniendo en cuenta la capacidad de destrucción que se ha conseguido con las armas actuales quedarán destrozadas e inutilizables gran parte de las infraestructuras de carreteras, puentes, viviendas, hospitales y redes eléctricas y de telecomunicaciones, con lo que será imposible para el pueblo iraní superviviente mantener una mínima calidad de vida. Todo lo anterior implica un impacto inevitable y duradero en el medio ambiente como consecuencia de los incendios provocado por los bombardeos, la contaminación de las tierras y las aguas y la degradación del entorno, incluyendo la peligrosidad de las municiones y artefactos explosivos sin detonar. Será además inevitable que los supervivientes sufran trastornos psicológicos que afecten y condicionen su forma de vida y su capacidad de relación en el futuro.
Todo lo anterior es una relación de efectos posibles directos o colaterales de una guerra que puede llegar a extenderse y acabar siendo la tercera y quizás última guerra mundial porque la posibilidad de utilización de las armas nucleares podría ser una tentación demasiado incontrolable en algún momento. Ese sería el comienzo del fin de la vida humana en el planeta Tierra, aunque aquellos que tomen la decisión de utilizar las armas quizás estén convencidos de que ellos sobrevivirán. Inmenso error.
Y, por último, lo más importante que intento exponer a la consideración de todos y en especial de quién pueda hacer algo positivo para detener esta locura es afirmar que la guerra significa muerte, y matar es acabar con la vida de personas que en la mayoría de los casos son inocentes. Esa es la primera consecuencia terrible de cualquier guerra y debería ser considerada causa suficiente para evitarla por todos los medios posibles. En el libro del Éxodo, el capítulo 20 versículo 13, dice que en las Tablas de la Ley está escrito “No matarás”. Y en el Sagrado Corán, la Sura 5 versículo 32 dice: “Quien mata a una persona sin que ésta haya cometido un crimen o sembrado la corrupción en la Tierra, es como si matase a toda la humanidad. Pero quien salva una vida es como si salvase a toda la humanidad”.
Por tanto, todos los hombres que hay sobre la faz de la tierra y en especial todos los creyentes de las religiones monoteístas deberían reflexionar con calma, leer las escrituras y ser consecuentes con la ética o la religión y pensar que matar nos está prohibido y es una acción perversa que degrada a quien la comete y perjudica a toda la humanidad.