A la reina doña Juana I, falsamente acusada de loca, se la reconocía ser la “propietaria de Castilla” y demás reinos. Quinientos años después, el rey de España no solo no es el propietario de España, sino que, si no fuese porque es el Capitán General de los Ejércitos, su Jefatura del Estado casi sería solo un título. Pero aquí la cuestión es ver cómo se ha reducido el papel de la monarquía en estos quinientos años, pasando de tener un poder prácticamente pleno, a la actualidad, donde, salvo en lo militar, poco tiene más allá de la presencia institucional y su influencia moral. Por eso, y porque representa la grandeza de nuestra historia y la unidad de la nación, la vida del rey es tan importante. No cabe, a mi juicio, preguntarse cuál es el papel de la monarquía católica en esta sociedad nuestra, lo que quizás cabría preguntarse es cómo es posible que, a lo largo de estos cinco siglos, su familia haya ido perdiendo todo aquello que era suyo en propiedad. A la institución monárquica, que hoy ha heredado poco más que su corona y su título, y debiera haber sido “propietaria de Castilla” y demás reinos, le debemos que hoy no lo sea, porque hoy, el “propietario de Castilla” es el pueblo.