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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

El precio de la tensión

Hay noticias que producen más tristeza que sorpresa, incluso cuando afectan para mal a gente que no te cae bien. Porque cuando un señor que ha sido presidente del Gobierno acaba cercado judicialmente por posibles comportamientos indecentes, cobro de comisiones y demás miserias, quien se resiente no es solo un partido político: es la confianza de los ciudadanos en el sistema. Y precisamente por eso conviene recordar algo esencial: una democracia no se mide cuando todo funciona bien, sino cuando sus instituciones son capaces de actuar incluso contra quienes ostentan el poder si se pasan de la raya. La separación de poderes no es un adorno teórico ni una frase solemne aprendida en los libros. Es el mecanismo que impide que quien gobierna termine creyéndose dueño del Estado. Cuando el poder político intenta controlar o desacreditar a jueces, periodistas o instituciones independientes, deja de comportarse como un servidor público para actuar como un propietario del sistema. Por eso resulta tan preocupante la tendencia de cuestionar a los jueces cuando sus resoluciones no gustan o de atacar a los periodistas que investigan asuntos incómodos. La misma forma tienen de levantar los brazos para exculparse los estudiantes pillados copiando que los futbolistas después de cometer una falta. Es la manera de decir que la culpa es del vigilante o del árbitro que les tiene inquina.

Y, sin embargo, hemos llegado a normalizarlo. Se pone en duda a la Justicia, se sospecha de las fuerzas de seguridad, se desacredita a los medios críticos y se intenta convertir cualquier investigación en una conspiración política. Todo porque, al parecer, “somos los buenos” y, como somos los buenos, el fin superior justifica cualquier comportamiento. Ahí empieza el verdadero deterioro democrático. El problema no es únicamente una persona ni un caso concreto. El problema aparece cuando dentro de una organización se instala la idea de que el partido está por encima de todo. La militancia se convierte en obediencia ciega y el discrepante pasa a ser sospechoso. A lo mejor por eso se llaman partidos, porque terminan partiendo a la sociedad en bloques irreconciliables. Lo peligroso es que esas líneas rojas empiezan a pisarse mucho antes de que estalle el escándalo. Empiezan cuando se normaliza el enchufe, cuando se justifica el abuso “porque todos lo hacen” o cuando se mira hacia otro lado ante la corrupción de los nuestros. Ya ocurrió con los ERE en Andalucía. Mucha gente no solo disculpó aquello, sino que casi lo envolvió en una épica política. Claro, eran “los buenos”. Pero quizá la primera piedra de esta deriva no fue económica ni judicial, sino moral y política. Aquel célebre “nos interesa que haya tensión”, de Zapatero a Gabilondo, no fue una simple frase de campaña. Fue toda una manera de entender la política: la confrontación como herramienta y la división como forma de movilización electoral. Y probablemente ahí comenzó a abrirse una grieta que hoy amenaza la convivencia. La Fiesta de los toros ha sobrevivido durante siglos porque, por encima de figuras, empresarios o ganaderías, siempre acabó imponiéndose el respeto a las reglas y a la autoridad. Cuando desaparecen los controles y cada cual pretende hacer su propia lidia, la plaza se indigna y deja de creer en lo que ve. En democracia ocurre exactamente igual.