Hemos normalizado pagar ciento cincuenta o doscientos euros por dormir una noche frente a un mar que, cada día, se aleja más de nuestra orilla. Mil quinientas pesetas por dos cafés y dos tostadas de aceite y tomate; tres mil, si a alguien se te ocurre la brillante idea de aderezar la suya con trazas de salmón y aguacate. Cobramos el doble y pagamos el triple por una vida en la que mientras nuestros solitarios hijos aprenden inglés, yoga y teatro nosotros nos deslomamos por desaprender lo que entendíamos por felicidad. Cierto, ya no tenemos que follar en los parques ni en el asiento trasero de un Ford Fiesta. Pero, ¿a cuánto nos sale el polvo? 2.795 euros es el precio medio del metro cuadrado de vivienda en España. Qué menos que un par de ellos para echar un quiqui en condiciones. Sale caro follar, sale caro ser feliz, sale caro dormir frente al mar, sale caro sentir que, algún día, ese mar será nuestro y de ahí que miremos con acusada envidia las terrazas que se asoman a la arena. ¿Quiénes las ocupan? ¿Qué han hecho para merecerlas? ¿En qué fallamos nosotros? ¿Será posible, todavía, enderezar el asunto?
Con quince años pensaba que, en resumidas cuentas, uno venía al mundo para amar y follar. Con veinte años seguía pensando lo mismo. Con treinta, también. Luego, de pronto, en cuanto percibí mi primera nómina y aunque el asunto continuaba enderezándose como si tal cosa, tomé conciencia de que amar y follar conforman, como mucho, un veinte por ciento del tiempo y que el otro ochenta se lo llevan los recibos. ¿Ustedes se acuerdan de cuando Netflix and company, por siete euros, daban sus series y películas sin anuncios? ¿Ustedes recuerdan los partidos en abierto? ¿Lo extraordinario de aquellas pajas imaginativas con las que, cada sábado, nos obsequiaba Canal Plus? Probablemente, si cualquiera de nosotros dedicara algunos minutos en situar el primer atisbo del maremoto que hoy nos asola, concluiría que aquella follesca pixelada siempre se llevará la palma.
Volvamos al mar que se aleja, al léxico que, en su momento, nos regaló: los Rodríguez, además del grupo de Calamaro, Rot e Infante, eran aquellos hombres que en los setenta, ochenta y noventa se llevaban a sus familias al Zapillo a Nerja o a Benidorm, a primeros de julio o de agosto, y las recogían a finales tan morenos y dichosos como Julito Iglesias o Isabel Preysler. ¿Quiénes pueden, ahora, permitirse tamaña osadía? Ahora que cuatro, cinco o seis noches, a lo sumo, a ciento cincuenta o doscientos euros por cada una de ellas, nos sirven, básicamente, para comprender lo lejos, lo lejísimos que nos queda la felicidad. El mar que, cada año, va reduciendo el número de tiburones que lo habitan; los tiburones que, cada nuevo día en tierra, nos muerden sin descanso.
Una vez tuve un jefe que decía que no quería ser jefe. Murió devorado. Otra vez tuve el deseo de reemplazar a ese jefe, de tener los arrestos de hacerme con su cargo y con su sueldo: morí devorado. Y durante la digestión, antes de que la bestia me expulsara, tuve tiempo de ver a los hijos que no tengo chapoteando en una playa. La playa que ustedes hoy tienen enfrente, la que miran de soslayo desde la piscina del hotel en el que duermen por ciento cincuenta o doscientos euros la noche. No follan, hace lustros que no follan. ¡No se fustiguen! ¡No es necesario que lo confiesen a viva voz! ¡Les entiendo! ¡Me pasa a mí! ¡Nos pasa a todos! ¿Quién, en su sano juicio, puede permitirse follar y amar ahora a ciento cincuenta o doscientos euros la noche? ¿Desayunar por lo que antes valía un día entero? ¿Pagar por trazas de aguacate y salmón la totalidad de ese sueño que, antaño, nos permitía soñar que la vida es sueño?
No se me ofusquen. No se me enfaden ni se me vengan abajo, pero como en aquellos hostales y pensiones de mala muerte, en los que siempre encontrábamos los rollos de papel higiénico empezados, nunca hemos vuelto a follar ni a amar ni a vivir. Aunque el mar no se viera y tuviéramos que caminar a pleno sol para alcanzarlo. A cambio, sus ventanas daban a un patio de luces en el que, en vez del alboroto por ser los primeros en el buffet del desayuno, se escuchaban gemidos.