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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

El patrimonio de la justicia

Si de algo podemos estar seguros es del impacto emocional del arte sobre las personas. El poder lo ha buscado para hacerse visible, eterno y legítimo. Como manifestación crítica frente a la realidad que crea; el arte ha generado un discurso a lo largo de la historia no siempre explícito. En el siglo veinte la reacción crítica artística trató de ser controlada, bien por asimilación mediante el valor económico asignado o por desprecio y eliminación. El poder, sea manifiesto o fáctico, siempre ha buscado asegurar su dominio controlando las expresiones culturales y sus raíces simbólicas. Toda acción tiene un componente simbólico. Banksy no busca estética, sino la crítica; cuestiona los pilares del orden neoliberal. Su obra en la fachada de los tribunales de Londres, impactaba, mostraba a un juez golpeando un manifestante que sangraba. La orden de su borrado evidenció cómo la institución en la que se expresan los jueces, suele imponer el orden antes que el diálogo. ¿Será un efecto del Brexit? Una de las imposiciones del discurso de la posverdad, es permitir solo narrativas que ofrecen identidad, emoción, pertenencia y culpables; afirmando que se trata de sentido común. Aquello que aceptas como verdad porque encaja con lo que deseas pensar, sin reparar en los sesgos de tu identidad. Un ejemplo es la persecución y atosigamiento de humoristas críticos, de los que Trump alardea. Sin crítica el espacio público queda expuesto a relatos del poder, propaganda, al miedo o conspiración. El poder real, el económico, controla las redes sociales haciendo creer que democratizan la producción de la crítica y sus expresiones, creando nuevas formas de control sobre qué se ve y qué se elimina. Falsean la historia mediante relatos de odio, división y conflicto construidos desde o para el poder. El grafiti nació como un lenguaje que permitía la narrativa para quienes no tenían la palabra, para los que solo existía la imagen reconocida como comunidades o grupos escoria. Los grandes medios actúan como altavoces de las redes y de quienes quieren controlar el relato. Para sobrevivir, dicen lo que se quiere oír y leer. Se pierde independencia crítica y equilibrio social, sustituyen el análisis sereno por juicios rápidos al servicio de intereses económicos. Buscan atención por dinero, no necesariamente verdad. Sin espacio para la duda ni para el trabajo riguroso, imponen afirmaciones emocionales y categóricas. Así borran el grafiti de la democracia. Las asociaciones profesionales hablan cuando los agentes que conforman la institución no lo pueden hacer por imperativo legal. Son expresión de un “neoestamento” que se cree incuestionable y exige no ser cuestionado. Lo retro está de moda: el desacato como exigencia. En democracia, la ciudadanía debe asumir su responsabilidad y controlar tanto los poderes del Estado como los poderes económicos, cuyo papel ha de ser claro, diferenciado y no intrusivo en la formación de la opinión. El filósofo Han sostiene que el neoliberalismo explota la libertad de forma especialmente eficaz: aprovecha emociones, juego y comunicación, porque solo cuando la explotación parece libre se obtiene el máximo rendimiento. En la viñeta se leía: “el capitalismo es maravilloso, crea esclavos que se creen libres”. Pues eso, tomemos conciencia de que es la libertad.