La mente es perversa: no conocía personalmente a Darío Barrio y, a pesar de su fama tras los fogones, tampoco sabía de su existencia hasta que murió a los pies del castillo de Segura de la Sierra en 2014, mientras practicaba salto base. Aquello me pilló en Linares, pasando el fin de semana. Y a mi regreso a la sierra ya no quedaba ni rastro del Festival Internacional del Aire que se celebra cada mes de junio en ese municipio. Además, la Venta Rampias se encuentra lejos de todo, como a treinta y cinco o cuarenta minutos de Segura, de Hornos, de Pontones, de Cortijos Nuevos, de cualquier parte. Lo lógico era seguir con mi vida, tomarme aquello como un accidente de coche, no darle más vueltas. Me contaron que sus chiquillos estaban por allí y me describieron el revuelo en el pueblo, atestado de gente. Algo debió de quedarse fermentando en mi cabeza. No sé. Pero desde entonces lo recuerdo cada tanto y me da por pensar en todas las cosas que se ha perdido.
Exactamente lo mismo me ocurre con Beatriz, una chica que trabajaba en la Caixa. Recuerdo que estaba con mi amigo Javier Esturillo en una sala de conciertos esperando a que saliera José Ignacio Lapido y su banda a presentar “Ladridos del perro mágico”, su primer disco en solitario. Recuerdo que Javier recibió una llamada del fotógrafo del periódico —Diario JAÉN— comunicándole que se había producido un accidente de tráfico en la carretera de Vilches y que, como todavía quedaba tiempo para el inicio del show, decidimos acompañarlo. Y recuerdo, sobre todo, a mi padre contándome a la mañana siguiente que Beatriz había muerto al salirse de la carretera mientras regresaba de Vilches a Linares. Estuvimos allí, a veinte o treinta metros, sin saber que era ella. Después regresamos al concierto como si nada y bebimos mucho, muchísimo; e incluso nos entretuvimos durante un buen rato en darle la tabarra al pobre Lapido a cuenta de una Medalla de Andalucía que semanas antes le habían concedido a Alejandro Sanz.
La muerte campa a sus anchas y nos desbarata los planes, pero tendemos a atribuirle una solemnidad que quizá no tiene. Porque la muerte, en realidad, es profundamente pasiva. El coche se sale en una curva, el paracaídas no se abre, el corazón se detiene. Y luego seguimos los demás, improvisando explicaciones para poder dormir por la noche. Tal vez por esa razón recuerdo a gente a la que apenas conocí o que directamente no conocí. Y tal vez por esa razón Darío Barrio se ha convertido para mí en una especie de vecino imaginario de la sierra. Alguien que forma parte del paisaje, igual que los buitres o los pinares.
Con Beatriz me sucede algo distinto. Quizá porque ella sí pertenecía, aunque fuese de manera periférica, a mi mundo. Nos veíamos de cuando en cuando, y además del maldito banco, compartíamos calles, bares, conocidos. Y, sin embargo, aquella noche estuve al lado de su muerte sin enterarme. Tal vez esa idea me persigue más de lo razonable. Nosotros fumando, bromeando, haciendo tiempo antes del concierto de Lapido; ella todavía atrapada entre hierros, o tal vez ya no. Hay algo insoportable en esa simultaneidad. Mientras alguien pierde para siempre a una hija, a una novia o a una amiga, otro pide otra ronda, cuenta un chiste malo o discute sobre música y medallas.
Supongo que hacerse mayor —viejo, en mi caso— consiste también en eso: en ir acumulando muertos ajenos y descubrir que la muerte casi nunca llega acompañada de épica alguna. A veces imagino qué habría sido de toda esa gente si hubiese seguido aquí. Darío Barrio envejeciendo entre fogones, diciendo que ya no está para saltos de ninguna clase. Beatriz llevando a sus hijos al colegio o quejándose del precio de la luz en la cola de un supermercado. Vidas corrientes, llenas de pequeñas rutinas y problemas menores. Y quizá ahí resida la verdadera tragedia de la muerte: no en lo grandioso que arrebata, sino en todas las cosas vulgares que interrumpe para siempre.