El origen del género policiaco
Dado que este mes de abril está vinculado al libro, me gustaría hablar de un género que parece gozar de buena salud y que sospecho ha estado presente para no pocos lectores en el comienzo de su gusto por la literatura. La aparición de una nueva idea, una nueva filosofía o un nuevo género literario es un acontecimiento cuya importancia es difícil de exagerar. En la primera mitad de la cuarta década del siglo XIX, Poe echa a andar por donde nunca antes se había transitado. El año 1841 publica Los crímenes de la calle Morgue, considerado el primer texto del género policiaco. Otros dos cuentos, El misterio de Marie Rogêt (1842-3) y La carta robada (1845), comparten con él la presencia del detective Dupin y la importancia en el origen de esta tradición literaria. Se trata de textos fundacionales en los que pueden verse aspectos básicos del género. C. Auguste Dupin, un joven caballero de excelente familia que se ha empobrecido y vive de una pequeña renta, amante de la soledad y la privacidad, resuelve los casos sin tocarlos, es decir, por mero análisis racional: será el modelo del detective. El narrador es un amigo y admirador suyo, como lo será el Watson de Sherlock Holmes. La oposición entre la inteligencia excéntrica del detective y la convencional de la policía aparece también en estos cuentos. Encontramos asimismo una solución sencilla, uno de los principios de la ficción detectivesca que alcanza su más alto grado en La carta robada. En fin, los propios temas tratados serán también canónicos, especialmente el tema del cuarto cerrado.
Si miramos ahora la relación del nacimiento y expansión del género con su contexto histórico y social, encontraremos otro rasgo fundacional en este trío policial de ases. En un mundo que estaba asistiendo al nacimiento de las grandes ciudades (París y Londres, sobre todo), en las que la multitud era el lugar del anonimato y de la ruptura de los antiguos vínculos de la comunidad, y en el que el afán de catalogación y medición, de matematización del mundo, que la modernidad llevaba en sus genes, encuentra o crea unos instrumentos tan útiles a su objetivo como la antropometría o la huella dactilar, la figura de un criminal que se oculta entre la multitud y de un detective que lo busca en ese laberinto moderno están listas para dar lugar a un nuevo género. Walter Benjamin ha relacionado en su estudio sobre el “flâneur” la amenaza que supone la masa como asilo del asocial con el nacimiento de las historias de detectives. Si Poe elige París como el escenario de esas tres primeras historias fundacionales, no es por el motivo que aduce Borges, quien sostiene que lo hace para subrayar el carácter fantástico, no realista, de estas historias: París es para el lector de ellas algo exótico, como el lejano Oriente para un europeo. Puede que el relato policial no sea un género realista, pero no me parece esa la explicación de la elección de París como escenario. Yo la veo en el hecho de que se trata de una gran ciudad y ese es el marco adecuado a las historias detectivescas. El aspecto amenazador que tiene la multitud de una gran ciudad es fundamental en el segundo de estos tres cuentos, El misterio de Marie Rogêt, donde se habla de “la gran desproporción entre las relaciones personales (incluso las del hombre más popular de París) y la población total de la ciudad”. Poe era muy sensible a este hecho, como lo demuestra su cuento El hombre de la multitud, publicado el año anterior al del primer cuento de Dupin.
Esto nos lleva al contraste, también presente en estos tres textos, entre el interior y el exterior o entre la vida privada y pública. Ese contraste aparece de un modo manifiesto entre el carácter doméstico, aislado, del detective y el mundo de fuera. También podemos verlo en la propia sustancia de la literatura policiaca, como el secreto que se oculta entre la multitud, como el crimen privado que ha sacarse a la luz, como la doblez del criminal antes de ser reconocido.