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El olvido que seremos

En 2006 el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince publicó la novela “El olvido que seremos”, un homenaje afectivo a su padre con el fin de inmortalizarlo a través de la palabra. El escritor tardó casi 20 años en afrontar sus demonios interiores en unas páginas que funcionan como catarsis y homenaje al doctor Héctor Abad Gómez.

Es habitual que en literatura aparezcan las cadenas literarias, esto es, una obra motiva otra, que, a su vez, da lugar a otra más. El título de la novela y de este artículo en realidad provienen del primer verso de un soneto atribuido al escritor argentino Jorge Luis Borges (“Aquí, hoy”). He aquí el primer cuarteto: “Ya somos el olvido que seremos. / El polvo elemental que nos ignora / y que fue el rojo Adán y que es ahora / todos los hombres y que no veremos”. Borges habla de la inevitabilidad del olvido, de la mortalidad y de nuestra condición efímera. Tal fue el éxito de la novela, que en 2020 el cineasta español Fernando Trueba dirigió la película titulada “El olvido que seremos”, basada, claro está, en la novela, protagonizada por el actor Javier Cámara. Ofrece una visión muy humana de la familia del autor y deja un poco de lado toda la trama política que, en definitiva, provoca el desenlace. Y como la cadena no para, citaremos otro eslabón más: el autor de cómics Tyto Alba publicó en 2021 una adaptación de la obra homónima como novela gráfica.

En definitiva, el tópico del paso del tiempo, del olvido, es un tema recurrente a lo largo de la historia que, aunque cambia en cuanto a la forma, siempre es igual en lo relativo a su fondo. Pero es que los tópicos no aparecen sólo en las páginas de los libros. En nuestra ciudad, sin ir más lejos, vemos a diario ejemplos de ese olvido que ya es y en el que nos convertiremos, el anonimato del tiempo y la desaparición de la memoria. Cuando paseamos por nuestras maltrechas calles, si somos un poco observadores, veremos ejemplos como el de la fotografía. Jaén está plagada de vallas, la mayoría amarillas, algunas grises. Ésta, en concreto, en el Paseo de la Estación. Llevaba meses, quizás años, en el mismo lugar, señalando una incógnita, olvidada del tiempo y de la memoria. Unas veces más afuera, en medio de la acera; otras, pegada a la columna del edificio. Hasta hace poco, tal vez un mes, había otra valla más, eran dos, y, al menos, se hacían compañía, pero una ha desaparecido —no conocemos la razón— y nuestra protagonista quedó sola frente al mundo, defendiendo no se sabe qué, advirtiéndonos de un peligro que podía venir de arriba —¿una cornisa agrietada? ¿un tejado dañado?— o de abajo —¿una baldosa rota? ¿una obra inminente o, acaso, ya acabada?—. En cualquier caso ha lucido orgullosa dos trozos de cinta de la Policía Local como pasamanerías de bajo coste. Hasta el pasado sábado. Ya no está. No es la única. Fíjense y verán. Por encima del tiempo, desafiando el transcurrir de las cosas, la ciudad está protegida por un ejército de vallas sempiternas, algunas cruelmente atadas a rejas (visiten la calle Capitán Aranda Baja) que están ahí olvidadas, no las vemos, como recordatorio perenne de que todos estamos destinados a desaparecer, a no ser recordados, como estas vallas. Porque ya somos, sin saberlo, el olvido que seremos.