Hay muestras que pasan desapercibidas debido al acuciante calor, al arreglo de maletas y a ese afán desmedido por hallar recuerdos que enseguida dejarán de pertenecernos. Tiempo fugitivo que nos abandonará dejando en nuestra memoria la gastada imagen de su inconsistencia. Tales son los días de este periodo en el que, en las Salas de Exposición del Palacio Provincial, habitan las obras de una evocadora cita con cuadros de las ediciones celebradas del Premio Internacional de Pintura “Emilio Ollero”. Piezas todas, hijas de un tiempo de afirmación y retorno, de algún modo marcadas por la debilitación de los modelos clásicos de la abstracción matérica, deudora del oficial informalismo, y por los acomodos de una figuración aún no consolidada, procedente de mixturas, especialmente acrílicas. En cualquier caso, tal es nuestra opinión, no bien dispuestas para propuestas de verdadero aliento, desde luego nunca desdeñables en el quehacer de muy robustos pintores, de los cuales podemos encontrarnos con obras firmadas por Juan Manuel Brazán, Molina Montero, Emilio Zurita y Teruhiro Ando. Este último, sujeto a la más firme ortodoxia de la pintura acrílica elaborada para fines figurativos, incluidos ciertos recursos para alargar el proceso de secado. El segundo, por su jugosa oleosidad, cuyo acabado tiene que ver con un concepto de “Lied” musical. En tal sentido, parecería que la contemplación de una obra de arte, de cualquiera de las ahora expuestas por iniciativa del Instituto de Estudios Giennenses, va más allá de lo aparente, arropada por un espacio en silencio y soledad en el que también habitan piezas tan opuestas en su grado de iconicidad como las de Leonor Solans, Laura Sebastianes y Ángeles Agrela. Con todo, podemos cotejar cómo el hecho de mirar tiene poco que ver con el concepto de ver y el de percibir, del mismo modo que oír no supone escuchar. Pues, como es sabido, el ojo que vemos no es ojo porque mira. Sobre todo, es ojo porque nos ve en un momento y un tiempo muy precisos que, en estos casos, fijan la secuencia del pensamiento mediante los materiales y herramientas del pintor. Epifanía e intersección de esa memoria, casi inaprensible, convertida en instante. Esto es, en ese momento que, según Bergson, no fue antes ni será después.
Sí. Ese preciso instante que una parte de los artistas europeos posteriores al naturalismo elevaron hasta las más altas cotas del impresionismo. Fugacidad, o fugacidades, de luces y sentimientos desmayados en infinidad de matices esponjosos y cromáticos en los que los perfiles se silencian merced a las maneras de aplicar los colores según un nuevo proceso que, en lo posible, soslaya la veladura. Diálogo visual de otra narrativa popular que bebe en ese espacio exterior que es la ilimitada habitación de la calle, entendida como una sensación que, irremisiblemente, acusa la percepción de diferencia en cualquier tela de uno u otro aliento social. En este sentido, cabe recordar los “Niños despiojándose”, pintados por Murillo, sobre los que un momento solar del siglo XVII sevillano pone su particular acento de lugar y tiempo. Por todo ello, fuera de otras observaciones, el presente comentario solo pretende estar vertebrado mediante una línea de contemplación, dentro de lo que ofrece la trayectoria del premio, pero también de cuanto puede suponer la apacibilidad del clima que, por cuanto antes he apuntado, nos ofrece estos días el espacio donde las treinta y nueve obras seleccionadas pueden analizarse desde sus mixturas y materiales. Atractivo capital que puede percibir ese visitante que se deje ganar por la apacibilidad y el silencio para la contemplación de la obra de arte. Tal es el todo y, a nuestro modo de ver, también la parte, si esta se diese, de la manera de entender con cercanía la obra de arte. Pues, por de fuera de cualquier griterío, las obras se pueden afirmar desde su narrativa tanto como por la manera de quedar representadas sobre el soporte; por su vocación grasa o bien por su vocación magra. Esta, hoy dominante en la llamada pintura contemporánea de más relumbrón. Esto es, por la obra que, de algún modo, suelta la mano y renuncia al misterio para afianzarse en grandilocuentes destrezas de aparente sensación o aun de sensacionalismo y grito. Al cabo, modos, por lo demás, de precisar y precisarse el pintor sobre el soporte. En consecuencia, la exposición que nos ocupa ofrece el correlato de un despliegue de miradas plurales, abierto desde lo largo y lo ancho de los cuatro decenios que dan cuenta de las poéticas que conforman el magnífico grupo de obras que se ha dado cita en esta exposición, la cual, de alguna manera, conserva no pocos posos de cuanto ha supuesto la pintura española desde la primera edición de ARCO hasta hoy. Poso y nervadura, pero también testimonio de una realidad cultural que, junto a otros menesteres nutricios, también coexisten aquí.