La Sierra de Segura es mi lugar en el mundo, aunque a veces necesite alejarme para echarla de menos y recordar la belleza que guardan sus paisajes. El río avanza por el valle hasta derramarse en el pantano y el sol parece colocar un filtro invisible sobre las cosas, ajustando la luz para que los verdes resulten más intensos y los dorados más brillantes. Quizá sea la distancia la que afina la mirada y nos devuelve la capacidad de asombro. Hace unos días observaba el valle del Tranco desde Hornos de Segura. El borde de la taza aún conservaba el calor del café. El viento traía el olor de la resina abierta por el calor, como si los pinos respiraran lentamente sobre la ladera. Una abeja revoloteaba sobre el romero cercano. A lo lejos llegaba el tintinear de una cucharilla contra una taza y, muy arriba, un águila describía círculos inmensos aprovechando las corrientes de aire caliente. Todo parecía ocupar el lugar exacto que le correspondía. A mi alrededor, sin embargo, la escena era otra. Cada pocos minutos una mano buscaba un teléfono. Alguien levantaba la vista para fotografiar el paisaje y regresaba enseguida a la pantalla. Otra persona respondía un mensaje. Otra consultaba una noticia. Otra recorría una red social con el dedo. Mientras tanto, el águila desapareció unos instantes detrás de la ladera, la luz cambió sobre el agua y una nueva ráfaga volvió a traer el olor de la resina. Nadie pareció echar nada en falta. Pensé entonces que quizá habíamos aprendido a fotografiar los paisajes antes de haberlos mirado.
Nos marchamos convencidos de que basta con cambiar de lugar para descansar. Sin embargo, el trabajo, las noticias, las conversaciones y las pantallas siguen viajando con nosotros. El cuerpo llega a la playa, a la montaña o a un pequeño pueblo; la atención continúa pendiente de todo lo que sucede lejos de allí. Tal vez por eso regresamos con un cansancio que se parece demasiado al que nos llevamos. Llevamos el mundo entre los dedos. Basta observar cualquier terraza. Hay mesas donde apenas se cruzan unas palabras antes de que una pantalla vuelva a iluminarse. Hemos aprendido a llenar los silencios, las esperas y los pequeños tiempos muertos con estímulos que apenas dejan espacio para que aparezca un recuerdo, una idea o, sencillamente, la tranquilidad de no hacer nada durante unos minutos. Quizá por eso nos cuesta tanto sentir que hemos descansado de verdad, aunque hayamos recorrido cientos de kilómetros. Hay temporadas en las que necesito hacer menos ruido. Alejarme durante unos días de esa corriente inagotable de información que me acompaña a todas partes y comprobar que el mundo sigue funcionando aunque yo deje de consultarlo cada pocos minutos. No se trata de renunciar a la tecnología. Se trata de devolverla al lugar que le corresponde para recuperar el mío.
Los primeros días siempre me ocurre lo mismo. La mano busca el teléfono casi por costumbre. A veces lo saco del bolsillo y vuelvo a guardarlo sin llegar siquiera a desbloquear la pantalla. Parece que va a suceder algo importante en cuanto dejo de mirar la pantalla. Sin embargo, pasan los minutos y lo único que ocurre es que el café conserva su aroma, el viento sigue moviendo las copas de los pinos y una conversación cualquiera termina siendo mucho más interesante que cualquier notificación. Entonces empiezo a fijarme en cosas que llevaban allí todo el tiempo: el reflejo de una nube deslizándose sobre el agua, el crujido de las hojas cuando el viento cambia de dirección, el vuelo incierto de una libélula, el aroma del café recién hecho que llega desde otra mesa o la sombra del águila cruzando lentamente el valle. El mundo nunca había dejado de suceder. Era yo quien había dejado de prestarle atención. Mientras abandonaba Hornos volví la vista hacia el valle. El águila seguía suspendida sobre las corrientes de aire caliente. El agua había cambiado de color y el aroma de la resina continuaba flotando en el aire. Quizá por eso siempre termino regresando a la Sierra. No porque allí el tiempo transcurra más despacio, sino porque allí me resulta más fácil recordar que el descanso empieza cuando dejamos de querer estar en todas partes y volvemos, por fin, a habitar el único lugar donde la vida está ocurriendo: el que tenemos delante de los ojos.