El mago Merlín

    20 mar 2026 / 08:30 H.
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    A quien tenía fama de conocer tesoros (porque había dado con uno, del que vivía con rentas de hidalgo) preguntaron cómo pudiera ser que, dentro de lo que fueran restos de moros o celtas, hallaran acomodo aquellas onzas de Carlos III entre gaitas y turbantes. Adujo el interpelado que esto solo era posible por arte de magia. Y añadió que el artesano de las onzas tuvo noticia anticipada del tal Carlos III, y particular referencia de la traza del rostro, porque las onzas eran reflejo cabal del mismo. La cohabitación de restos antiguos con otros recientes no extraña cuando transitan por el lugar inquilinos de distintas épocas. Pero no. Ésta, en concreto, debió permanecer en la clausura que Costa deseaba para el sepulcro del Cid: aherrojado con doble llave (que no siete como suele decirse) por la “impertinencia” de santa Gadea, aunque aprobando el “imperialismo” de sus conquistas militares, entonces (Alfonso XIII) ya más doméstico: el Rif. La cueva de Montesinos se encontraba en cambio franca, libre y expedita para don Quijote, quien en tres días o en apenas una hora (según sea el reloj que mida el tiempo) conoció a los encantados por Merlin, entre ellos a la propia Dulcinea del Toboso.

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