El laberinto andaluz
Felipe González fue/es todo un líder. Y siempre tuvo suerte (“baraka” lo llamó él refiriéndose a José Luis Rodríguez Zapatero). A finales de los 80 me lo dijo un alcalde de la provincia de Huelva en un descanso de un comité provincial socialista: “Ahí tienes a Felipe, primero que no a la OTAN, después que sí, eso es un líder ‘cohones’”. Y la “baraka” de Glez (así lo llamaba Francisco Umbral en sus muy leídos artículos de cuando entonces) se palpó, sobre todo, en las generales de 1982, cuando recogió casi todo el voto de la izquierda, hasta disponer de una contundente mayoría absoluta, pese a que toda la oposición organizada durante el franquismo la ejerció desde la clandestinidad el PCE, con continuos arrestos y torturas de sus militantes, hasta que FG irrumpió en Suresnes y se consolidó luego en la “foto de la tortilla” que hizo Pablo Juliá, como el gran líder de la oposición de izquierdas en España. Pero ahora, el tertuliano Luis Arroyo, tras los desmayos ideológicos de FG, ha afirmado que al igual que en el PSOE existe desde hace años la corriente interna Izquierda Socialista, González debiera fundar Derecha Socialista. Porque FG se ha convertido en un duro crítico contra Pedro Sánchez, lo que provoca enorme regocijo político en el PP. La reciente imagen de Moreno Bonilla con González, que para los dirigentes populares se ha convertido en el guardián de las esencias del PSOE clásico frente al “sanchismo”, supone la mejor baza para Juanma Moreno de espolear el “voto prestado” de los socialistas descontentos, que recibió en las autonómicas de 2022. Fue en un acto de homenaje a la Duquesa de Alba, que indirectamente sirvió para abrir la precampaña de los comicios andaluces del 17 de mayo.
Y a todo esto María Jesús Montero arribó en Andalucía con un discurso en el que incurrió en todos los errores posibles que puede cometer un político. Cuando afirmó que era la mujer que más poder había tenido durante la democracia, y sus palabras parecían desprender un hondo dolor de regresar al pueblo, cuando el mensaje debió de consistir en asegurar rotundamente que nada tiene mayor valor para un andaluz o andaluza que presidir el Gobierno de su comunidad. La sensación ante tanto desliz es que lo que ya se mide en el PSOE-A, en lo que fue un bastión socialista histórico, es solo hasta dónde llegará la debacle. Además, Montero carece de mensaje propio y aparece políticamente lastrada por sus concesiones a los catalanes como ministra de Hacienda en la polémica “financiación singular”. Está aferrada al mantra de la sanidad y los servicios públicos en Andalucía, pero, pese al terrible error de los cribados de cáncer cometido por el Ejecutivo popular, nadie olvida que la sanidad andaluza tuvo tremendas carencias durante los prolongados mandatos socialistas, sobre todo en la época de Susana Díaz. El mensaje de campaña del PSOE aparece confuso y diseñado desde Madrid. Montero es también una política de la máxima confianza de Pedro Sánchez. Es decir, arrastra en su imagen los errores que las derechas achacan al Gobierno de coalición, y la involuntaria capacidad que tiene Sánchez de movilizar al electorado de PP y Vox. Pero el PSOE actual es Pedro Sánchez. El líder/líder. El único presidente europeo capaz de plantar cara a Donald Trump. Indiscutible entre la militancia socialista. Como el ser de Parménides, que una diosa le revela al iniciado que “el ser es y es imposible que no sea”. Pedro Sánchez. Veremos en Andalucía.