Los terremotos de este verano los sufrí en Granada. El primero fuerte de la segunda tanda me sorprendió en el Parque de las Ciencias, rodeado por el pánico de una multitud despavorida que gritaba. Yo me encontraba al cuidado de mis dos hijos pequeños y de otros dos amigos suyos, todos de entre 6 y 8 años. En ese instante de miedo generalizado me salió emular a Guido en “La vida es bella”, y quitándole importancia convertí aquello en una aventura científica más. Si hay ciudades donde llueve mucho o caen rayos, y hay que refugiarse de la lluvia, nunca bajo un árbol, en la que estábamos debíamos aprender a protegernos bajo las mesas o dinteles; y ante los gritos de la gente (que los había tras los sucesivos temblores) les decía que no olvidaran chillar de forma aguda (y graciosa) como parte del proceso. Esta vivencia es enseñanza de vida, en el día a día tenemos seismos que son incontrolables, pero nuestra actitud ante ellos es de nuestra entera competencia. Cuando el suelo real o metafórico vuelva a temblar, tratemos de jugar la partida de la vida con ingenio. Como bien sentenció el filósofo Epicteto: “No nos afecta lo que nos sucede, sino cómo reaccionamos a lo que nos sucede”.