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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

El jardín de las delicias

De mis años como docente en Campillo de Arenas, añoro una de las actividades que un grupo de compañeros diseñamos para el último curso de Bachillerato: visitar en un día los tesoros de Madrid. No es legítimo cruzar la mayoría de edad sin propiciar ese diálogo que el gran estuario de la memoria establece con la verdad irrefutable emanada del arte, la profunda aporía de sus riesgos, el paradigma revolucionario de ese ángel visionario que nos apresa en el desliz de la contemplación como una lámpara que alumbrase el contorno de aquello que va conformando nuestro sentido de la maravilla, nuestro genuino sentido de la verdad. Cada año nos encajábamos en el Museo del Prado entre la curiosidad ajena para disfrutar, entre otras pinturas, de la gran ensoñación del tríptico “El jardín de las delicias”, de El Bosco, y encendíamos la porosidad existencial ante la revelación que delicadamente asoman sus criaturas. En la tabla central, donde se erigen las inéditas formas advertidas por el pintor flamenco, la realidad aparece representada por seres que trafican en torno a la manzana del Génesis: la vida como un estado de alerta ante la constante seducción de los tributos del poder, la claudicación ante las reglas del mundo, la capacidad de resistencia humana que dirime lo legítimo en la frontera existencial donde deseo y realidad alimentan el relato del ser en que nos acabamos convirtiendo.

Estos días hemos sido sorprendidos por informes judiciales que presuntamente afectan al expresidente Rodríguez Zapatero. Es ingenuo pensar que el tráfico de capitales que regula los equilibrios de nuestro sistema está movido por ambiciones humanistas, como lógico pensar que en esa amalgama de seres que en la sombra inclinan sin escrúpulos la generación de dividendos hacia la barbarie que hoy se nos sirve en el nauseabundo espectáculo informativo, los hay que desplazan el flujo hacia otros equilibrios que, de repente, despiertan la sospecha de los grandes poderes y, en ese casino sin reglas donde operan los capitales, señalan de pronto como delictivas operaciones que, para otros fines, pertenecen a la libre circulación del interés secreto que financia el bombardeo de ciudades, el exterminio de una raza o retuerce el pensamiento demoscópico de la opinión pública de todo un país.

Rodríguez Zapatero tendrá que explicar qué hacía sentado en esa mesa de póker donde las tentadoras manzanas con las que coquetean los seres de Jheronimus van Aken llevan el cascabel de la serpiente atada a la fragilidad de los principios éticos sobre los que se sostiene ahora mismo no ya la realidad que fabrica el lenguaje informativo controlado por los poderes que se disputan su relato, sino el debilitado péndulo de la opinión pública. Una opinión pública interesadamente enfangada para que las soflamas del fascismo aparezcan nuevamente, con su aparente escenificación de orden, como la única solución a tanto latrocinio moral. No obstante, bajo el paraguas de la desregulación económica, el fascismo construyó los mausoleos de la vergüenza a los que hoy acudimos a poner flores para que no se repitan, no, nunca más, mientras, por ejemplo, el ejército israelí se permite asesinar a un bebé de siete meses de manera arbitraria ante la parálisis del mundo. Ya nos advertía Castilla del Pino en “El humanismo imposible” (1971) que “la gran paradoja de nuestro sistema estriba en el hecho de que, al propio tiempo que mantiene la forma más burda del materialismo práctico, es decir, del puro egotismo utilitario, es incapaz tan siquiera de sostenerla bajo unas premisas ideológicas claras”. Urge más que nunca crear y creer en una alternativa que se deje de trapicheos con esos Aldamas y demás agentes del nuevo orden que nos van a llevar derechicos de nuevo a la diáspora moral de combatir o sucumbir ante el duro tablón de la luz del infierno. Aunque ya es un infierno pensar que en un mundo como el nuestro esa alternativa resulte imposible o haya que pegarle fuego al carro de heno para empezar de nuevo.