Vivimos en un clima social y político crispado donde el insulto parece haber desplazado a la palabra y el rencor al entendimiento. Esta polarización no es inocua: está infectando a las nuevas generaciones, que crecen normalizando el odio y la confrontación como vías habituales de relación. No podemos exigir a los jóvenes una convivencia pacífica si el ejemplo que reciben en las calles, las redes y las instituciones es el de la descalificación constante. Ser referente implica actuar con responsabilidad en todos los órdenes de la vida. La política y la sociedad civil deben volver a ser espacios de construcción, no campos de batalla. Es urgente rescatar el respeto como principio innegociable. Desde la educación que transmiten los padres en el hogar hasta la conducta de los líderes públicos, debemos ser un modelo coherente. Solo guiándolos con paciencia a través de la paz, la igualdad, la solidaridad y el amor podremos ofrecer a los jóvenes un horizonte distinto. El futuro que construyan dependerá de la semilla de convivencia que sepamos plantar hoy.