Cuando no hay luz, no hay sombra. Solo oscuridad densa. La luz no hace sino poner orden en esa oscuridad. La divide en formas visibles que nos sirven para poner orden en nuestras cosas. Todo necesita un orden específico para que sirva de algo. Cuando era joven, no sabía distinguir entre las luces y las sombras en la creencia errónea de que no eran la mis-ma cosa. Que la una de nada sirve sin la otra. Si solo había luz, era una luz cegadora que me impedía ver incluso otras luces. Las religiones, por ejemplo, solo se sirven de la luz precisamente ocultando que las sombras son parte de la propia luz. Parecida situación se da entre la libertad y la ley. Como digo, de joven luchaba por la libertad sin darme cuenta que esa cualidad no sirve para nada por sí sola. Había que hacerlo porque cuatro iluminados nos atragantaban la mente con ese grito tan llamativo. Pero la libertad no existe si no va acompañada de la ley que hace la labor de sombra que nos sirve para determinar qué es ser libre, hasta dónde se es libre y cuándo se es libre. Y todavía existen los pretendidos iluminados, falsos profetas de la libertad, que entienden e influyen en las gentes haciéndoles creer que la ley solo es necesaria si se constituye para defender sus posiciones políticas en contra del derecho a pensar de los que no comparten sus conceptos. Mala cosa. Antesala de las dictaduras de los falsos profetas.