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El eclipse

Durante milenios, un eclipse era una grieta en el orden del mundo. El Sol, una de las pocas certezas humanas, desaparecía en pleno día. Los chinos imaginaron un dragón devorándolo; los aztecas, un jaguar; los nórdicos, un lobo; los vietnamitas, una rana gigantesca. En la India, Rahu perseguía al Sol y a la Luna para vengarse de ellos. Arquíloco escribió en el siglo VII a. C. que, después de que Zeus convirtiera el mediodía en noche, cualquier cosa podía resultar ya creíble. El eclipse era temor, presagio, misterio. La ciencia acabó con los dragones. Conocemos las órbitas, calculamos el instante exacto y sabemos que el Sol regresará. Pero no hemos dejado de fabricar mitos; simplemente hemos cambiado de dioses. Ahora llega el eclipse y aparecen viajes, hoteles, gafas, observatorios, paquetes turísticos, retransmisiones y lugares privilegiados desde donde contemplarlo. La sociedad del espectáculo, tan desarrollada por la cultura norteamericana y extendida después por todo Occidente, posee una capacidad prodigiosa: convertir cualquier acontecimiento en mercancía. Nuestros antepasados golpeaban tambores para espantar al dragón. Nosotros sacamos la tarjeta de crédito. No sé si hemos avanzado tanto.