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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

El diluvio en Jaén

Aún hablamos de la histórica tormenta del pasado martes. Calles convertidas en ríos, granizo cubriendo el asfalto y más de un centenar de incidencias recordaron que, cuando la naturaleza decide mostrar su fuerza, la ciudad poco puede hacer. En mi barrio, San Juan aunque parezca increíble también se dieron inundaciones, las calles parecían auténticos torrentes de montaña. El agua descendía con tal violencia que caminar resultaba imposible. No sería exagerar decir que sólo faltaban kayaks para salir de las casas. En mi propia vivienda, el sumidero del patio fue incapaz de absorber semejante cantidad de agua. El nivel subió hasta alcanzar el escalón de entrada y terminó inundando toda la planta baja, una escena que se repitió en numerosos hogares de la ciudad. Mientras observaba la virulencia del agua, regresó a mi memoria —guardado por motivos personales— un recuerdo lejano: la gran inundación del verano de 1983. Muchos ya no la recuerdan o ni siquiera la vivieron, pero quienes la vimos siendo niños encontramos en esta tormenta ecos de aquella que parecía irrepetible. 43 años después, Jaén volvió a mirar al cielo con la misma mezcla de asombro, impotencia y respeto.