En el verano de 1368, las tropas de Muhammad V de Granada cruzaron la frontera y se abatieron sobre Jaén. La ciudad, partidaria de Enrique II de Castilla, fue saqueada y quedó sumida en una profunda crisis. Aquel ataque no solo dejó muerte y ruinas, sino que pudo cambiar para siempre la historia de una de las reliquias más enigmáticas de la ciudad. Me refiero al Santo Rostro. La tradición asegura que la Santa Faz había llegado a Jaén muchos siglos antes, traída desde Roma por san Eufrasio. Sin embargo, la documentación histórica no permite demostrarlo. Las primeras noticias fiables de su presencia en Jaén aparecen en el siglo XIV y se relacionan con el obispo Nicolás de Biedma, que ocupó la sede jiennense precisamente a partir de 1368. Y aquí comienza el misterio. Una reciente investigación histórica plantea que la devastación provocada por el ejército nazarí pudo estar relacionada indirectamente con la llegada de la reliquia a Jaén. No sabemos dónde estuvo el Santo Rostro antes de aquel momento. Tampoco sabemos con certeza quién lo llevó hasta Jaén. Quizá algún día los archivos respondan. Mientras tanto, lo que sí sabemos es que Jaén es una ciudad levantada sobre siglos de historia, donde bajo cada piedra puede esconderse un secreto y donde el pasado, aunque parezca dormido, todavía sabe guardar silencio.