Hay acontecimientos que suceden en nuestro periodo vital que nos llevaremos a la tumba como un secreto botín que vamos acaudalando a lo largo del tiempo. Hay quien, llegada la hora, presumirá de haber visto a nuestra selección de fútbol ganar dos mundiales, haber realizado peregrinajes extraordinarios allí donde se concitaron jubileos y aniversarios de la mística popular, asistir a procesiones magnas en las que la borrachera de fervor tuvo por un día a todos sus iconos devocionales en las calles de nuestra ciudad, dejando la imborrable impronta del fenómeno esperado. Hace algunos años ya, cuando residía en Granada, contemplamos un eclipse lunar frente a la Alhambra. El satélite, en un instante irrepetible, adquirió una tonalidad roja, de tal suerte que su remarcada esfericidad lo aparentaba más cercano, como colgando del cielo. Hace una semana, tuvimos la suerte de asistir a otro fenómeno natural lleno de elementos sensoriales indescriptibles. Después de mucho tiempo, buena parte de la Península podía ser testigo de un eclipse total de sol y asistir a la fenomenología que acompaña a ese repentido apagamiento solar. Ciertamente, y aunque en estas latitudes fuimos conformados con una delgadísima sonrisa celeste, fue todo un regalo natural para nuestros sentidos. Días antes, sin embargo, fuimos sometidos a una extraña campaña a través de las redes sociales en la que se atribuían razones disparatadas para fidelizar a cierta parte de la población con el fin de que ignorase el acontecimiento y no formase parte de una especie de conspiración sociológica promovida por el socialismo, como si Pedro Sánchez fuera el artífice, nada más y nada menos, de que la luna se interpusiese aquella tarde en la visual del astro rey. No sé qué pensarían todas aquellas personas que picaron el anzuelo cuando, al día siguiente, ya normalizada la circulación newtoniana, advirtieran por la prensa o los familiares y amigos que pasaron de las monsergas y, con la adecuada prevención ocular, vivieron el desconcertante ocultamiento, que las soflamas de sus predicadores les habían birlado un instante único.
El fascismo es así. No quiere que asistas a la belleza de lo recóndito, al paraíso de lo natural. La belleza, venga de donde venga, construye comunidad y siempre ha sido peligrosa para el fascismo. Lo hemos visto en Colombia, con su lunático presidente rechazando, tras el devastador terremoto, la ayuda humanitaria de países expertos preparados para el rescate en las horas cruciales de la esperanza. El fascismo necesita inocular su veneno allí donde nuestra conciencia todavía sostiene que todos los seres humanos somos responsables unos de otros. No. Solo el que pueda permitírselo, que se salve. Ya lo vimos durante la pandemia: el fascismo nos quería trabajando y de cañas, cayendo como chinches, con tal de que no parase su casino. Inventó y propugna todo tipo de teorías conspiranoicas contra las vacunas y el progreso científico. Al fascismo le dan igual los incendios, porque tu cosecha está antes que esa calumnia progre del cambio climático, aunque lo pierdas todo tú también en la imprudencia. “Hay que matar a treinta o cuarenta palestinos selectivamente cada noche”, oigo decir a un ministro israelí. El fascismo no quiso que miraras el eclipse. El día después de su consumación definitiva, aprovechando nuestra debilitada conciencia democrática, no dejará que le mires ni a los pies.