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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

El derecho a la alegría

Hoy en día, el edadismo está en su máximo apogeo, mas no afecta a nuestro abuelito de casi 104 años; está cada vez mejor. Ya ha cumplido 103 años y se prepara para celebrar un nuevo aniversario. Ha pasado épocas muy buenas —gloriosos los años 50— pero, en otras, ha estado al borde de la desaparición. Varias veces. Nuestro venerable Real Jaén, con casi 104 años, está viviendo una época dorada. Tras el épico ascenso conseguido en las Islas Baleares, han abundado los tópicos: el fútbol une, la afición nunca falla, el ascenso es de todos... Aun siendo verdad, se pueden aplicar a cualquier equipo que asciende de categoría; destaquemos algunos aspectos singulares y propios del Real Jaén.

Un ascenso no supone sólo un logro deportivo, también tiene repercusiones sociales y económicas. Devuelve la dignidad a un escudo que se ha visto obligado a vagar por lugares que, quizás, no le correspondían. Vivimos en una provincia demasiado acostumbrada a la resignación, habituada a aparecer en las estadísticas por lo que pierde —población, inversiones, peso político— y no por lo que gana, por eso este ascenso supone un optimismo que se contagia, y acaso la euforia por el éxito no tenga que ver sólo con el fútbol. Quizás tenga que ver con la necesidad colectiva de celebrar una victoria que nos saque de la negatividad y nos convenza de que los jiennenses también podemos ganar y destacar en lo bueno, que no tenemos por qué ser siempre espectadores de los éxitos de otros, otras provincias, otros territorios...

Hoy, todo va rápido, todo es inmediato, pero el ascenso del Real Jaén reivindica una virtud antigua: la paciencia, el saber esperar. Como dice la hermosa canción Volvimos a soñar, viral en las redes sociales, “Real Jaén, nunca dejaste de existir, sólo estabas esperando el momento de volver”. Cuando las cosas se hacen bien y midiendo los tiempos, normalmente el resultado es bueno. En los últimas temporadas, miles de aficionados han seguido acudiendo al estadio sin más recompensa que la esperanza de recuperar el honor de un equipo centenario que forma parte de los corazones de gentes diferentes unidas bajo un mismo sentimiento,
con independencia de su edad, sexo, ideología o condición.

El ascenso también es un capital social: más actividad comercial, mayor ocupación hotelera, más movimiento en bares y restaurantes, visibilidad exterior de la ciudad. Un equipo que gana siempre levanta la moral de la ciudadanía y crea nuevas oportunidades.

Pero además, tras tantos años de barro y tristeza, reivindico el derecho a la alegría, a la emoción colectiva —Plaza Las Batallas, Plaza Santa María—, al relato positivo de nuestra querida ciudad. ¿Por qué, en una época cínica e individualista, donde falta compromiso y casi todo se mira con sospecha, nos seguimos emocionando con estas cosas? Porque aún necesitamos pertenecer a algo colectivo que sea más grande que nosotros mismos.

Este ascenso no va a resolver los principales problemas de la provincia, no va a fijar población, ni a crear más empleo, no acabará con los déficits históricos, pero ha conseguido algo mayor que todo eso: que miles de jiennenses volvamos a hablar de nosotros con orgullo. Quizás la mejor de nuestras victorias ya ha comenzado, y aún no lo sabemos...