Pocas veces como esta hemos vivido tiempos en que la realidad a la que asistimos es un juego coral de tocomocho en el que constantemente se nos invita a recrearnos, a la manier del famoso proverbio oriental, que afirmaba que “cuando el sabio señala a la Luna, el necio mira al dedo”. La crisis de Estado generada por la avalancha de inmigrantes a la ciudad de Ceuta ha dado lugar a una creciente campaña que se recrea en el dedo, olvidando al astro doliente que lleva señalando desde hace décadas. Quienes huimos del debate grueso y tratamos de buscar con el fonendo del lenguaje el pulso de la degradación moral que sufre la humanidad, vivimos días de inusitada tristeza e impotencia. Mi experiencia sobre lo acontecido en Ceuta nace el mismo día 30, mientras visitaba el claustro de la bellísima catedral de León. A la par que era embargado por un eléctrico ataque de Stendhal bajo las vidrieras del templo, recibí la insolente vibración de mi teléfono. Se trataba de un enigmático mensaje que fulminó la contienda alucinatoria que padecía bajo aquella ciencia gótica y cuya veracidad tuve que dilucidar con un par de llamadas urgentes: alguien había pagado desde una cuenta bancaria personal cerca de mil euros en unos conocidos grandes almacenes de Ceuta. Afortunadamente, se trataba de un spam, pero con una sospechosa coincidencia. En ese momento, las personas que visitábamos el monumento no éramos conscientes de lo que estaba ocurriendo en la ciudad autónoma, hasta que a la noche reparamos en la noticia.
Nadie nos ha explicado aún quién nos quiso premeditadamente hacer tanto daño aquel día, pero observando el clima de la opinión publica española, entiendo que lo ha conseguido. Ya sabemos a favor de quién o de qué intereses sirven los oligarcas de Occidente y quiénes desde sus posiciones políticas y civiles fabrican la información que poco a poco desplaza los valores hacia posiciones difíciles de asumir desde el humanismo cívico. En momentos en que la internacional ultra goza de eco y presupuesto para deslegitimar la labor humanitaria de Cruz Roja o Cáritas o todas las organizaciones que velan por el cumplimiento de los Derechos Humanos, era de esperar una operación híbrida que buscara socavar la estabilidad de un gobierno de España muy solo en el escenario internacional después de su arriesgada posición en el ámbito de la OTAN y tras las últimas acciones unilaterales de Trump que han puesto en jaque el difícil equilibrio de Oriente Próximo, lo que hace inadmisible la respuesta e imagen que han prestado los miembros del gabinete de Sánchez a esta gravísima excepcionalidad.
No existe cálculo político que las personas de bien podamos entender para que esta crisis humanitaria haya sido aprovechada por la ultraderecha para magnificar sus propuestas de odio y división, ni como para que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, hubiera estado al frente con la delicadísima atención que la situación requería y haya dejado que el relato se pudriera en las peores manos mientras él se bronceaba bajo el sol de las Canarias. No podemos permitir que se utilice el término invasión a lo que en realidad ha sucedido en Venezuela con el saqueo de sus recursos energéticos sin una solución política tras la captura de Maduro por parte de EE UU, en Gaza y Líbano con las FDI israelíes y sus horcas y macabras tecnificaciones del genocidio o en Ucrania con Rusia y el recrudecimiento de la guerra y su amenaza negra sobre Europa con la reciente aparición de los drones explosivos en Leipzig, que no llegaron a detonar. Hace algún tiempo, Juanma Moreno replicaba a su ahora socio de VOX, Manuel Gavira, que los andaluces teníamos un corazón “así de grande” para acoger con dignidad a los niños de los que nos teníamos que hacer responsables por ley en alguna de las crisis migratorias que hemos padecido, pero todo ha cambiado. Las palabras han ido clausurando su luminosa apariencia. Las palabras pueden nutrir la alegría, pero también la infección del mundo y estar vigilantes es el riesgo de plantar cara a esta paulatina e interesada degradación ética, hasta el punto de acabar empleando la vida de seres humanos como herramienta de presión geopolítica. Ciento cuarenta y un muertos sin nombre. Ciento cuarenta y una personas de las que no se ha dicho ni mu. Ahora ya es tarde, el dedo está lleno de banderas pinchadas y eslóganes vacíos, los cánticos ahondan su violencia verbal y en el Despacho Oval celebran la cuenta atrás de otro gobierno progresista mientras terminan tranquilamente por desvalijar la Luna del sueño de sus poetas.