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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

El cubil

El deseo de libertad adulta nos empujaba a buscarnos un lugar bajo techo a resguardo de la intemperie del mundo. La copa de un árbol fue la morada de una infancia sin hipotecas vivida al otro lado de la carretera. Luego llegaría la adolescencia y la búsqueda de una estancia donde intimar en la penumbra del deseo; era la maravilla inalcanzable que la iniciación etílica reservaba para las fiestas de guardar. Más tarde llegaba la época del celo y el amor vivido a la exacta distancia del hilo de un teléfono. Ahí todo se reducía al mínimo espacio de la extinta cabina de donde uno podía salir cubierto con la euforia de un superhéroe sin capa o entrar en la claustrofóbica desesperación de López Vázquez cuando no encontraba la salida al final del romance. Allí quedaron corazones raspados con monedas que siempre se buscaban en la ranura de los sueños, frases nunca dichas, silencios incómodos, bromas que gastar a las abuelas, espiar conversaciones prohibidas o intentar decir una palabra cuando no había dinero para nada. Y, por fortuna, entre aquellos cubiles para recordar no estaba la casita de un tío cansino que nos escogiera para sufrir perreos y postureos. Que pereza.