El ciclo sin fin

    25 may 2024 / 09:30 H.
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    La vida es un ciclo. Nos lo cantan en “El Rey León”: “Es un ciclo sin fin que lo envuelve todo”. Y así es. Tras el florecimiento (griegos, romanos) llegan tiempos oscuros (Edad Media) y vuelve el resplandor (Renacimiento). Hay guerras y tiempos de paz que se alternan. Es el arriba y abajo, el giro universal que nos enfrenta a nosotros mismos y a nuestro ir y venir por la civilización que hemos ido creando y destruyendo.

    Pero no hacen falta grandes planteamientos para descubrir ese ciclo. Por ejemplo, Dinamarca, Alemania, Francia o Reino Unido se están planteando reactivar el servicio militar obligatorio tras décadas suprimido.

    También lo observamos en la educación. Veníamos de tiempos en que el esfuerzo personal, el conocimiento o la memoria tenían su lugar en el podio. Pero en un ejercicio de modernidad se desterró todo ello. Desaparecieron del temario los conocimientos clásicos y todo aquello que sonara a “antiguo”. Los nuevos planes se erigieron en adalides del trabajo cooperativo, la no competitividad, el esfuerzo relajado difuminado en grupos, el fin de los textos y de cualquier soporte que no alimente el espíritu digital, la abundancia de “proyectos”, competencias y un sinfín de conceptos que parecen salidos de mesas de asesores que nunca han pisado el día a día escolar. Un grupo de docentes siempre se mostraron disconformes con el cariz de los acontecimientos, pero, en aras de la modernidad, y para no ser tachados de trasnochados y arcaicos, entraron en esa rueda, la del ciclo una vez más, pero manteniendo las riendas en el campo de la sensatez y la experiencia.

    Ahora, en sistemas escolares de la Europa desarrollada y en nuestro país se están oyendo voces que instan a la autoridad educativa a “volver” a “una instrucción sólida basada en el conocimiento” y alejada de esa pléyade de proyectos y experimentos didácticos no contrastados y, en algunos casos, directamente desestimados. La frase entrecomillada pertenece a una profesora de Madrid, Laura Rodríguez, que capitanea un movimiento, apoyado por muchos de sus alumnos y alumnas, en el que se aboga por volver a las explicaciones del profesor, a tomar apuntes, a sentirse inmersos en el proceso educativo, en el propio aprendizaje.

    Y no es solo ella. Xavier Massó, catedrático, nos avisa de que “la escuela está bajo mínimos” y, lo que es peor todavía, “en las oposiciones a Magisterio se observan carencias culturales clamorosas”. Las nuevas generaciones de maestros y maestras provienen de ese tipo de leyes educativas que abandonaron el esfuerzo y el conocimiento. Incluso hay corrientes de padres y madres que se asombran de la bajada del nivel alcanzado por sus hijos. En concreto, una familia catalana con hijos mayores educados con la LOE y la Lomce y otra pequeña, “víctima” de la Lomloe o Ley Celaá, alzan su voz a la vista del desastre obtenido por un sistema meramente “vivencial” sin trabajos, exámenes, libros, cuadernos ni asignaturas. Y el resultado de estos sistemas salta a la vista. Solo hay que detenerse a repasar el último Informe PISA para darse de bruces con una realidad incontestable.

    La educación, la escuela, está a punto de entrar en la rueda de ese ciclo vital que todo lo transforma. Y, además, lo necesita. La siguiente generación debería formarse “seriamente” y con los ojos puestos en lo que les espera al acabar el sistema educativo. Ningún trabajo, ninguna empresa, funciona con ese tipo de planteamientos “idílicos” que parecen formar parte del currículo escolar. La vida es otra cosa. Y para ella debería estar planteada la educación.

    Otro ejemplo del “arriba y abajo” de la sociedad: En Reino Unido se acaba de prohibir la enseñanza de temas de género en la escuela, tan en boga ultimadamente, y se fija en 9 años la edad para la educación sexual. El cambio obedece al aumento de adolescentes con problemas de género y los devastadores efectos de la hormonación y los bloqueadores de la pubertad en menores. El ciclo vital sigue. Nos envuelve. Nunca se detiene.


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