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El caso Cornelius Gurlitt

Durante años, el arte moderno más buscado de Alemania estuvo escondido en un vulgar piso de barrio en Múnich, propiedad de Corneluis Gurlitt. En 2012, las autoridades descubrieron allí más de 1.200 obras. El hallazgo convirtió una rutinaria inspección aduanera en un misterio internacional. Aparecieron nombres capaces de iluminar cualquier catálogo: Matisse, Picasso, Chagall, etc. Y una pregunta que ensombrecía el hallazgo: ¿cómo había llegado todo aquello hasta allí? La respuesta conducía al padre de Cornelius, Hildebrand Gurlitt, marchante durante el nazismo. Obras marcadas con la etiqueta “degenerado” y otras expoliadas a familias judías. Cada marco parecía guardar una pista; cada pista, una historia. Y ahí empezaba el trabajo menos espectacular: reconstruir ventas, confiscaciones y silencios a lo largo de décadas. En 2014, Cornelius murió y donó la colección al Museo de Bellas Artes de Berna. El museo aceptó con una condición. Investigar la procedencia de las obras y restituir a sus verdaderos dueños las que se identificaran como expoliadas. La ironía es que el arte suele presumir de ser eterno. La memoria de sus dueños, en cambio, necesita que alguien la busque. Y a veces esa búsqueda empieza detrás de una puerta corriente.