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El atraco

Por estas fechas del año 1988, entró un señor a la oficina bancaria donde yo trabajaba. Apuntó la pistola a mi compañero a la vez que me decía que le llenara la bolsa que me tiró con todo el dinero que hubiera en la caja. Yo reaccioné sin miedo y, con rapidez, recogí de los suelos los fajos de billetes preparados para el traslado al furgón del traslado de fondos. Eran las dos de la tarde y ya no esperábamos a nadie más. El hombre vestía de oscuro y no le temblaba la mano ni se le veía con ánimo indeciso, antes bien, daba la impresión de estar dispuesto a disparar a cualquiera de nosotros. Cuando me vio con la bolsa, me puso el cañón en la frente y me indicó que saliera de la barra sin dejar de apuntarme. 2.250.000 pesetas cambiaron de dueño en un momento. Y, en un momento, se montó el follón. Salió de la oficina y todos se quedaron como petrificados, excepto yo, que salí por la puerta para ver hacia donde iba. La alarma había sonado en la policía, pero cuando llegaron no había ni atracador ni dinero. Hace treinta y ocho años y, a veces, todavía lo sueño. El miedo vino después, cuando los compañeros me recordaban la sangre fría con la que había actuado. Consecuencias las hubo, pues el banco me retiró la beca con la que cursaba mis estudios en el Colegio Universitario de Estudios Financieros de la Complutense. Un capricho de un jefe que pensó que yo debería haber dado menos dinero. Y haber muerto, le dije.