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El ataque

El ataque nos pilló desprevenidos. Nadie se lo esperaba. Todos nuestros defensores, pese a estar ubicados en sus puestos, se vieron sorprendidos por la repentina incursión de nuestros pérfidos rivales. El resultado fue trágico. No fuimos capaces de reaccionar. Nos mirábamos impotentes. ¿Qué iba a ser de nosotros ahora? Un silencio fúnebre se extendió por todo el territorio. Nos habíamos convertido en perdedores. Y eso ya no se podía cambiar.

La sensación de fracaso contaminaba el ambiente. La derrota, diluida en el aire, llenaba nuestros pulmones. Y, mientras tanto, los enemigos celebraban su victoria ajenos a nuestro dolor. ¡Cómo se atrevían! ¡Qué desfachatez! Un murmullo de indignación, poco a poco, se habría paso. ¿Qué podíamos hacer? ¿Resignarnos? ¿Pasar página? ¿Reconocer la derrota? Estábamos hechos un lío. Hasta que algunos, por fin, señalaron el camino a seguir.

Habíamos sido víctimas de una conspiración. Los atacantes enemigos no cumplieron las leyes internacionales. Era necesario planificar la revancha.

Gracias a los medios de internet más beligerantes y a aquellos que marcan las tendencias de las redes sociales pudimos desahogar la frustración y proyectar nuestro enfado hacia los pérfidos agresores. Era una buena solución, de ese modo todos ganábamos, los patriotas recuperábamos parte de nuestra maltrecha autoestima, y los negocios de los influencers sumaban importantes dividendos puesto que los titulares incendiarios atraían la atención masiva de la ciudadanía.

Las voces que, desde la red, hacían una llamada a la concordia, apenas recibían visitas, a nivel comercial la conciliación resultaba muy poco rentable. Sin embargo, todos aquellos que apostaban por la confrontación y que encendían los instintos más primarios, lograban muchísimos millones de visitas y por lo tanto sus anunciantes conseguían sustanciales beneficios. Las banderas decoraban todos los balcones, los himnos sonaban en los altavoces, y el orgullo patriótico junto a la indignación contra los enemigos constituían los sentimientos más extendidos entre la ciudadanía.

¿Y después qué? ¿Cuál sería el siguiente paso? ¿El conflicto diplomático? ¿La adopción de medidas sancionadoras? ¿La respuesta militar?

Pueden parecer medidas exageradas, pero no es la primera vez que un incidente de estas características acaba derivando en una crisis de consecuencias imprevisibles. Sin ir más lejos, en el año 1969 se desencadenó un conflicto armado entre dos países fronterizos centroamericanos, Honduras y El Salvador. El detonante fue un ataque parecido al que provocó nuestra derrota. Y el resultado: la muerte de alrededor de 5000 personas, la mayoría civiles, y más de quince mil heridos, además de alrededor de cien mil personas desplazadas. Aquellos sucesos fueron conocidos como La Guerra del Fútbol, y se desencadenaron a causa de un postrero gol, marcado por un delantero salvadoreño en el tiempo de descuento, que significó la eliminación del combinado de Honduras en las eliminatorias del Mundial de fútbol de México de 1970.

Ha llovido mucho desde entonces, pero el fútbol continúa siendo un catalizador de muchas emociones y un medio de hermanar los pueblos de todo el mundo gracias a los nobles valores del deporte. Aunque, en fin, parece ser que también, hay algunas excepciones.