En el chiringuito de la playa, en el supermercado, en la panadería, en los restaurantes e, incluso, en el quiosco de las “chuches”, cuando vamos a pagar siempre se nos hace una pregunta: ¿Efectivo o tarjeta? Y, cada vez más, somos mayoría los que contestamos que con tarjeta de plástico o mediante la que llevamos incorporada a nuestro móvil. Efectivamente, los pagos en efectivo van perdiendo terreno frente a otros medios de pago, tales como las transferencias, las domiciliaciones bancarias y, últimamente, los pagos a través de bizum. Los datos son incontestables, tal y como constata el Banco de España, según el cual en 2025 se realizaron en España un total de 13.009.710 operaciones con tarjeta —el 68% de las realizadas con medios de pago distintos al efectivo—, alcanzando un importe de 414.449 millones de euros. Además, el número de las de débito y crédito no para de crecer, situándose a finales de 2025 en un total de 125 millones de tarjetas. Si tenemos en cuenta que en España somos 49,5 millones de habitantes, ello supone que disponemos de una media de 2,5 tarjetas por persona, cifra similar a la media de la Unión Europea.
Como en todos los aspectos de la vida, el pago con tarjeta tiene sus defensores y sus detractores. Estos últimos argumentan que con la comisión bancaria que soportan los establecimientos —en torno al 0,4%—, se inyectan beneficios a la banca en detrimento de los comercios que aceptan las tarjetas. No les falta razón, ya que en 2025 los 414.000 millones de euros canalizados a través de este sistema de pago proporcionaron a las entidades financieras 1.656 millones. Ahora bien, relativicemos este dato a través de un sencillo ejemplo: una consumición de 75 euros supone una comisión bancaria de 0,3 euros. No creo que ningún comercio o restaurante se arruine por ello. Otro “inconveniente” —lo entrecomillo— de este medio de pago es que limita el blanqueo de dinero negro —ingresos no declarados al fisco— por parte de quien paga, e impide eludir del total de su facturación las cantidades así cobradas a las empresas que las aceptan. Esta sí que es una poderosa razón para no admitir el pago con tarjetas. Les confesaré que personalmente les declaro el boicot a aquellos establecimientos que lucen en su puerta el cartel de “solo efectivo” o que alegan reiteradamente que se les ha averiado el TPV —Terminal de Punto de Venta— y que solo pueden cobrar en efectivo.
La verdad es que es mucho más cómodo el pago con tarjeta —cada vez más a través del móvil—, que la molestia que supone ir al cajero para reintegrar el efectivo con el que hacer frente a los gastos diarios. Además, es que los cajeros automáticos están disminuyendo a una velocidad de vértigo. Así, de los 61.714 existentes en 2008, hemos pasado a 43.310 en 2025, lo que significa que se han cerrado 18.404 en estos años. Ahora se empieza a no aceptar o a dificultar que los pagos con tarjeta —en bares y restaurantes— se dividan en varias partes en función del número de comensales. Seguro que los jóvenes no tienen problema, ya que paga uno y los demás le hacen un bizum. Los menos jóvenes refunfuñarán y pagarán en efectivo. El trueque dio paso al dinero-mercancía, de él pasamos al dinero-papel y después al dinero-bancario. No se puede parar el progreso ni alimentar la economía sumergida.