Aprovechando el parón veraniego tengo pensado hacer un viaje. Sé que eso es lo habitual en esta época del año, pero quiero que mi viaje sea especial. Necesito desconectar de tanto ruido y de tanta furia. Es tan molesto tropezarse por las esquinas virtuales con gurús de tutorial de youtube, con jueces y fiscales que imparten justicia en sus horas libres, y con adoctrinadores de fin de semana, que he pensado refugiarme durante unos días en un lugar apacible, en un santuario alejado de todo ese griterío. Mi destino, es un lugar poco convencional. A decir verdad, no aparece en ninguno de los catálogos de las agencias ni en las páginas web de productos vacacionales. En realidad se trata de un territorio al que cada vez acude menos gente. Ese lugar anhelado se llama La Duda. Los preparativos son aparentemente simples. De hecho, en lugar de llenar el equipaje con todo tipo de trastos, lo que hay que hacer es vaciar la mochila, y desprenderse de las cargas ideológicas, de las convenciones, de las rutinas y los recelos. A continuación hay que emprender la marcha. Aunque no es nada fácil orientarse. Ni los navegadores más avanzados son capaces de hallar la ubicación correcta de ese misterioso lugar.
Pero como no soy de los que se rinden fácilmente, he estado investigando, y parece ser que hay un camino, aunque está plagado de dificultades. Tengo entendido que para llegar hasta el gran Santuario de La Duda hay que atravesar la Cordillera de los Prejuicios y cruzar, tratando de que no te arrastren sus agitadas corrientes, las Mareas de las Doctrinas y las Cataratas de los Dogmas. Imagino que resultará complicado superar semejantes obstáculos. Pero eso no es todo, las dificultades no han hecho más que comenzar, porque a continuación los viajeros tienen que enfrentarse a nuevos peligros. Es necesario atravesar el Páramo de Arenas Movedizas de La Verdad, hasta alcanzar la Frontera del Escepticismo, y una vez franqueada la Aduana de las Sospechas, tras deslizarse lentamente por el Sendero del Silencio, al final del todo, por fin, se llega hasta el gran objetivo, el Sagrado Santuario de La Duda. A juzgar por lo dificultoso del camino, se trata de un reducto prácticamente inexpugnable, aunque ha sufrido numerosos intentos de invasión a lo largo de su longeva historia.
Mitologías, religiones, ideologías y todo tipo de grupos sectarios han tratado de destruir ese reducto de filósofos y librepensadores. De hecho, en la actualidad, el santuario de La Duda continúa sufriendo amenazas. Los bombardeos de los drones de la IA o los intentos de las grandes plataformas mediáticas por extender la manipulación y la desinformación, constituyen desafíos que van minando poco a poco ese fortín sagrado. Y ese es mi gran plan para la primera semana de vacaciones, pero después de respirar toda esa espiritualidad, tocará volver al mundanal ruido, no todo va a ser mística, de vez en cuando hay que darse una alegría. Así que, en cuanto vuelva de mi viaje, voy a regalarme un pequeño homenaje. Para llevarlo a cabo, tengo guardadas unas cuantas certezas en el frigorífico, deben servirse frías, sin prisas, sin apasionamientos. Y, en fin, evidentemente deben ser consumidas con responsabilidad. Todos sabemos que una sobredosis de certezas puede provocar una borrachera de dogmatismo.