Ayer, una asociación pesquera de la costa granadina emitió un comunicado en el que denunciaba la presencia de dos vacas en el mar y el consiguiente riesgo de colisión. Se entiende. Ninguna broma. También se apuntaba que las autoridades competentes en la materia ya habían sido avisadas y que, entre tanto, los tripulantes de la embarcación desde la que se había producido el avistamiento habían señalado sendos cadáveres, sin especificar cómo. Da lo mismo, en cualquier caso, eso es lo de menos y, a bote pronto, se antoja un gran y solidario trabajo, de la manera en la que uno tiende a imaginarse la labor y la filosofía de los marineros. Pero ¿cómo terminan dos vacas en el mar? ¿Dejaron de hacer pie mientras trataban de refrescarse en Torrenueva, Salobreña o Almuñécar? ¿Cayeron desde un barco? ¿Y qué demonios hacían dos vacas en un barco? ¿Es normal ese tránsito? ¿Viajaban desde Argentina? Allí, según tengo entendido, hay buenas vacas, de las mejores del mundo. Y cada día se importan cosas infinitamente más peregrinas, cosas que no valen para nada, cosas que no respiran ni sienten como una vaca. Sin embargo, me cuesta adivinarlas en cubierta. ¿Quién, alguna vez, ha visto vacas en la cubierta de un carguero? Claro que muy pocos pueden disfrutar de la suerte de conocer la realidad de un carguero en alta mar y, quizá, esta imagen que hoy propongo se halle a años luz de conformar un disparate, porque las vacas —al igual que nosotros— también necesitan su rato de sol y de paseo.
Se nos rompe el corazón. Y seguro que habrá estudios que establezcan cuántos corazones se parten por segundo y en qué países sus habitantes son más propensos a ello. Estudios que detallen el suceso por sexos y franjas de edad, incluso por motivos. ¿Y quién, alguna vez, ha visto un corazón roto? Un corazón con sus aurículas y sus ventrículos claramente divididos, separados como el Estrecho de Ormuz o como el Estrecho de Gibraltar, separados por una ruptura, por una negativa, por una pérdida; separados por la dirección de un mundo que no se deja corregir, que no nos escucha y persiste en su endiablado camino hacia la perdición y la injusticia. Físicamente, como el Lázaro que se levantó y anduvo, nadie ha visto esos corazones hechos trizas y, sin embargo, nadie que haya vivido un poco osaría poner en duda su existencia. ¿Razones? Nuestro propio corazón, el corazón que se nos rompe y, como Lázaro, resucita; el corazón que —según me informa la IA— late a un ritmo muy similar al corazón de las vacas, las vacas a las que tantísimo nos cuesta adivinar pastando mansamente en la cubierta de un barco mercante. ¡Como si ese placer solo se armara para nosotros!
En definitiva, es muy probable que esas vacas encontradas en las inmediaciones de la costa granadina vinieran de Argentina o de cualquier otro país sudamericano y muy probable que alguien, en algún pequeño puerto pesquero de nuestra pequeña península, las esté ahora echando muchísimo de menos. Echar de menos, con total probabilidad, se erige en la acción con más capacidad para romper corazones, para hacer trizas corazones, trillones de corazones. Porque no solo se echa de menos a quienes están lejos o a quienes ya nunca más podrán estar cerca, también echamos de menos a quienes, cada día, tenemos a nuestra vera, pero no del modo que nos gustaría. Y porque echar de menos no se circunscribe a las personas. Al contrario, aunque nos empeñemos en llorar pérdidas, rupturas o negativas y aunque nos empecinemos en adivinar un rostro imposible cada vez que cerramos los ojos durante la petición de un deseo imposible, conforme el tiempo va pasando, vamos tomando conciencia de que, en realidad, solo andamos buscando lo que fuimos y lo que ya no podemos volver a ser: esa isla a la que llegó la botella que encerraba un mensaje, la isla que se convirtió primero en un archipiélago y, luego, en un continente. El continente desde el que hoy zarpa una vaca con un corazón indomable, dueño de todos nuestros anhelos.